Enrique del Valle Iberlucea nacido el 18 de abril de 1877 en el pueblo montañés de Castro Urdiales, España, donde las privaciones eran moneda de todos los días, llegó a Rosario en 1885 de la mano de sus padres, inmigrantes esperanzados de encontrar en América una vida mejor.
Como observara acertadamente Gastón Gori en su obra “La pampa sin gauchos” (Buenos Aires, 1952). “Para los recién llegados cualquier ocupación es útil, ninguna tarea a realizar es despreciable, siempre que ello signifique un paso más para alejarse de la pobreza”.
Así lo entendieron acérrimamente los padres de Enrique.
Arribó esa familia cuando en la provincia de Santa Fe las colonias agrícolas continuaban su marcha ascendente y Roca como presidente de la Nación gobernaba con un modelo agroexportador.
El niño a los ocho años en nuestra ciudad concurrió primero a la escuela primaria y el Colegio Nacional de calle 9 de Julio después, descubriendo de a poco con su formación personal e intelectual que Argentina con excesivo desarrollo agrario, y bajo el poder de la burguesía criolla, era un apéndice más de los intereses monopolistas.
A los 17 años Enrique del Valle Iberlucea empezaría a abrazar el periodismo publicando desde las aulas del secundario el semanario Fiat Lux, después como redactor del diario La Capital, oficio que continuó en Buenos aires como columnista de La Prensa.
Allí cursó sus estudios universitarios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, doctorándose en jurisprudencia en 1902 con diploma de honor, año en el que adquirió su carta de ciudadanía.
Ya abogado y dueño de un carisma especial en la capital porteña se vinculó con intelectuales como José Ingenieros, Alberto Ghiraldo y Florencio Sánchez, decididos militantes en la causa de protesta de los trabajadores a principio del siglo XX y redactores de manifiestos combativos durante los enfrentamientos entre el capital y el trabajo.
Hasta su ingreso al Parlamento nacional vivió años de creación y forja.
A su vez sería profesor en el Colegio Nacional y en la Facultad de Filosofía de Buenos Aires donde desde esos claustros impulsaba sin temor la necesidad de sancionar leyes que mejoraran las condiciones de vida de los trabajadores y frenar "el ansia de enriquecimiento sin escrúpulos".
En 1908 fundó junto a la joven Alicia Moreau de Justo la “Revista Socialista Internacional”, que desde 1910 adoptó el nombre de “Humanidad Nueva”. Su marxismo kautskiano, su crítica al revisionismo de Eduard Bernstein, y su denodado énfasis en mantener una estrecha vinculación entre socialismo y filosofía, serán los núcleos ideológicos que plasmará en dichas publicaciones.
Sería finalmente el senador José Camilo Crotto el encargado de oponerse formalmente a la incorporación de Del Valle Iberlucea, aduciendo que el ciudadano electo era contrario al principio de nacionalidad, pero sin resultado.
En 1913 se convirtió en el primer senador socialista de América, derrotando en Capital Federal a los candidatos radicales y conservadores.
El joven socialista sabía firmemente que el Senado, era el reducto de una oligarquía que no terminaba de aceptar la transparencia del sufragio, y mucho menos la introducción de las nuevas ideas de progreso social.
El triunfo socialista causó una gran alarma. Los senadores del régimen se reunieron privadamente en la antesala de la Cámara de Senadores para considerar el peligro que significaba dicho avance.
La acción parlamentaria de Enrique del Valle Iberlucea fue una verdadera síntesis de acción. Pese a encontrarse en un ambiente político hostil, como el Senado de la segunda década del siglo XX, integrado por los representantes de los intereses económicos de las oligarquías provinciales, desarrolló una importante tarea legislativa.
Entre sus primeras iniciativas parlamentarias, podemos señalar las que propiciaban la derogación de las leyes de residencia y defensa social, ambas leyes propiciadas por los poderosos, de marcado contenido anti obrero y contrarias a la libertad.
Fue de gran trascendencia su participación en los históricos debates como el del presupuesto de 1915, el de las transgresiones a las leyes del trabajo, el del comercio con los indios, el de las leyes orgánicas de los territorios nacionales y de la ciudad de Buenos Aires, en el de la ley de educación general, salario mínimo para los trabajadores, intervenciones federales, etc.
En 1913, 1915 y 1916 presentó varios proyectos que establecían la jornada de ocho horas para todos los establecimientos industriales, oficiales o particulares que existieran en el territorio de la República.
Entre ellos propuso modificar la Constitución Nacional para democratizar la forma de elección y la composición del Senado.
En 1916 presentó asimismo un proyecto de ley para suprimir la pena de muerte en nuestra legislación penal.
Posteriormente, en 1919, tuvo activa participación en la elaboración del Código Penal.
El proyecto establecía que los senadores fueran elegidos por el voto popular y duraran en su gestión seis años. Ochenta años después, la convención reformadora de Santa Fe, recogería la idea de Enrique del Valle Iberlucea y la plasmaría en los artículos 54 y 56 de la Carta Magna.
Al aplicarse la ley Sáenz Peña que democratizó e hizo más transparentes las elecciones de autoridades, Del valle Iberlucea resultaría electo senador nacional por la Capital Federal. Desde su banca redactó proyectos de ley sobre cuestiones sociales: divorcio, emancipación social de la mujer y otros en el área del trabajo verdaderamente de avanzada: Ideas algunas que el peronismo del 45 tomara e hiciera realidad durante su gestión.
Al pronunciarse a favor de la revolución bolchevique de 1917 el Senado le canceló los fueros parlamentarios el 25 de junio de 1921, a pesar del amparo que hiciera su admirador Joaquín V. González.
Su autodefensa fue publicada y difundida con el título. “La libertad de pensar. Mi desafuero”, publicado en ese último año.
Retirado de la función pública no claudicó jamás de sus ideales, hasta su muerte acaecida el 30 de agosto de 1931.
Silvia Augsburger en su artículo del diario La Capital del 28 de agosto de 2004 expresa: “La vida de Del Valle Iberlucea es de aquellas que pueden servir de ejemplo a la humanidad.”

Bibliografía:
López Zamora: "Recuerdos de Rosario" (Inédito).
Club Social Rosario. Memoria. Reseña (1873 – 1930).
Busaniche, José Luis, Historia argentina. Ed. Solar, Bs. As., 1969.
Saraví, Mario Guillermo, La suma del poder. Memorial de la Patria, tomo VII, Ed. La Bastilla, Bs. As., 1981.
Del Valle Iberlucea Enrique. Calle. Topografía:
Corre de E. a O. desde el pasaje Thompson a la avenida Alberdi.
Desde el pasaje Thompson al pasaje Neptuno tiene dos distintos ejes, individualizados con los nombres de Del Valle iberlucea Norte y Del valle Iberlucea Sur, ambos pasajes se unen en la intersección del Neptuno y son erróneamente denominados (iberlucea y no ibarlucea) por la ciudad.
Se le impuso ese nombre por Ord. Nº8 del año 1933.
Con anterioridad se denominó Cabildo.
Recuerda al homónimo (1877 – 1931) político, orador , publicista y primer senador nacional socialista.