ALMAFUERTE (PEDRO BONIFACIO PALACIOS) (1854-1917)

En la localidad de Chacabuco, Chile, poco después de la prolongación del ferrocarril transandino Buenos Aires al Pacífico, dos  maestros se abrazaron frente a la Escuela Elemental de Varones Nº 2. Aquellos dos grandes de la justicia y del progreso eran Domingo Faustino Sarmiento y Pedro Bonifacio Palacios, cuyo seudónimo de Almafuerte coincidía con el temple de su alma, fuente de donde brotaba tan pronto el lamento como la admiración.


Pedro Bonifacio Palacios, conocido también por su seudónimo de Almafuerte, el único que utilizó a lo largo de su vida, fue un dignísimo maestro y poeta argentino, “considerado como uno de los escritores más destacados de su generación y como uno de los “cinco sabios” de la ciudad de La Plata”, junto a Florentino Ameghino, Juan Vucetich, Alejandro Korn, Florentino Ameghino y Carlos Spegazzini, quienes en 1942 fueron distinguidos por la Universidad Nacional de La Plata como  genios.


Palacios nació en el partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires, en lo que luego sería la ciudad de San Justo, en el seno de una familia muy humilde.
Todavía niño, perdió a su madre y fue abandonado por su padre, por lo que fue criado por sus parientes., quienes saciaban su hambre alcanzándole espaciados raciones de comida, porque también eran de condición marginal.


Su primera vocación fue la pintura, pero, como el gobierno le negó una beca para viajar a Europa a perfeccionarse, cambió su rumbo y se dedicó a la escritura y la docencia., escuelas de La Piedad y Balvanera, en Buenos Aires, trasladándose después se trasladó a la campiña  siendo maestro en Mercedes, Salto y Chacabuco.


A los 16 años de edad dirigió una escuela en Chacabuco; donde, en 1884, conoció al entonces ex presidente Domingo Faustino Sarmiento. Tiempo después fue destituido por no poseer un título habilitante para la enseñanza, pero también se dijo que en realidad fue por sus poemas altamente críticos para con el gobierno.


En los pueblos donde ejerció la docencia, también alcanzó notoriedad como periodista polémico y apasionado, poco complaciente con los caudillos locales.
Pedro Bonifacio Palacios nació en San Justo, provincia de Buenos Aires, en 1854. Tenía cinco años cuando murió su madre. Abandonado por el padre, una tía se encarga de criarlo. Este episodio dispone su carácter y su destino. Adolescente aún, la poesía, la docencia y el periodismo ocupan sus afanes. Hubiese sido también pintor si no le hubieran negado una beca que había solicitado para estudiar en Italia. Sus viajes se redujeron entonces a los caminos de la provincia natal.


Aunque Sarmiento le diera su espaldarazo después de escucharle dar clase en el rancho que hacía de escuela, siguió predicando su evangelio civilizador en distintas escuelas de la provincia bonaerense hasta establecerse en 1894, en Trenque Lauquen a impartir filosofía, historia, religión, literatura y otras materias.
Una resolución de la Dirección Gral. de Escuelas lo separó de su cargo y vocación con prohibición de actuar en cualquier escuela de la provincia, en razón de que carecía de la formación normalista exigida, porque habíase hecho maestro de escuela pueblerino, maestro que alguna vez de puro pobre debió envolverse en la lanilla de la bandera nacional para dormir con menos frío.

 

Resolución falaz, después de tantos años de docencia y convivencia con las carencias de los caídos y de los negados.


Largo fue el camino recorrido en cuarenta años como maestro y periodista de aldea.


Su obra literaria no fue ni extensa ni variada, pero profundamente espiritual. Sus dos mejores poemas son: “El Misionero” que tiene el significado de una alegoría autobiográfica y “La inmortal” pintura del pueblo con sus angustias y desgarros que había escuchado, interpretado y asimilado en su interior.


Entre sus composiciones poéticas figuran “Confitero Deo” “Jesús” “Olímpicas” “Cristianas” “Llaga poéticas” “Dios te salve” y otras donde que quedaron sin firmar, tal vez pensando que descubrirían su identidad tal cual se puede conocer una planta con sólo observar sus hojas.


El plural de su apellido era un absurdo: Palacios, pues vivió al final de su vida recluido en su casucha platense con el único lujo de una hamaca de esterilla, cuando los poderosos, en general, lo desconocían y lo hostilizaban, sólo contando con algunos amigos que le serían fieles ayudándole a subsistir.


Pasó de un pueblo a otro, yendo y viniendo, como un nómade. Trenque-Lauquen, Salto, Mercedes, fueron algunos. En todos escribió un poema, animó una escuela o sublevó un diario. Pasó también varias veces por dos ciudades: Buenos Aires y La Plata. En esta última murió en 1917, después de afrontar el aislamiento y la pobreza. Su muerte provocó una inusitada manifestación popular.


Agregar otros datos a esta biografía sería inútil. Pedro B. Palacios se perdería igualmente en la niebla de una obsesiva singularidad, altisonante de egolatría y a la vez deprimida por la comprensión casi maniática del dolor y la miseria. El mismo propuso el escondite de un seudónimo.


La posteridad pudo complacerlo, e intuimos que allí se siente cómodo. Es natural intuirlo: Pedro B. Palacios quiso sintetizar en Almafuerte la lección moral que creyó necesario transmitir. Toda su vida y toda su obra giraron en torno de esa lección moral. La tomó como un deber y una proclama. De ahí que pueda confundírselo con un revolucionario cuando, en realidad, fue solamente un rebelde.


Nebulosas y contradicciones permiten afirmar que Almafuerte es la figura más extraña de nuestras letras. Nadie se le parece e intentar parecérsele sería risible. De él puede decirse todo lo bueno y todo lo malo y todo, igualmente, podría justificarse. Borges lo ha expresado mejor: “Como todo gran poeta instintivo, nos ha dejado los peores versos que cabe imaginar, pero también, alguna vez, los mejores”.


Además, cuenta y se proyecta como en ninguno su vida cotidiana, a tal punto que no llegamos a saber bien si esa vida nos interesa por su poesía o su poesía por esa vida. Esta conjunción existencial logró destacarlo entre sus contemporáneos. Ni los más elegantes y correctos de entonces(Calixto Oyuela, Leopoldo Díaz, Rafael Obligado) pudieron sobrepasar el frío recuerdo de los diccionarios y las enciclopedias. Almafuerte quedó más allá. Quedó en la mofa o en la admiración, pero nunca en la indiferencia. Todavía hoy, a pesar de las varias definitivas coincidencias sobre su obra y su persona, es motivo de polémica.
Tal vez lo que lo distinga no sea exactamente su poesía, sino la actitud de su poesía. En un medio dominado en parte por la sombra de Lugones y en parte por las imitaciones, disimuladas o no, de la poesía inglesa ( símbolo, entre nosotros, de la “inteligencia”) una actitud como la de Almafuerte, si bien hija de la tremenda retórica española, a la que no le faltan adeptos, no puede menos que escandalizar.


En un medio donde es extraña la pasión, Almafuerte escribió apasionadamente. Y si esa infrecuencia nos priva de poetas como Walt Whitman o César Vallejo(por citar a dos americanos y a dos tonos diferentes) debemos admitir, como ya lo dijera Enrique Ureña, que es ” Almafuerte quizá el que más se acerca al tipo soñado de nuestro poeta”.


La pasión de Almafuerte desborda de la poesía y se extiende a la docencia y el periodismo con irrupciones dignas del mejor Sarmiento. Almafuerte admiraba profundamente a Sarmiento. Cuando ambos se encuentran en la humilde escuelita rural donde el poeta era maestro se pone en marcha la histriónica mitología que los argentinos necesitamos para descubrir la vida de un hombre. Ya se contaba también que en una de esas desamparadas escuelas a falta de otra cosa, había dormido envuelto en la bandera nacional para protegerse del frío.


Rubén Darío no lo incluyó entre sus “raros”, pero en un artículo publicado en “La Nación” en 1895 lo presenta como alguien que merecería serlo. Dice allí: “No lo he visto nunca. No lo conozco personalmente. He preguntado por él a algunos que lo conocen. En resumen, me han hablado de un misántropo, o más bien de un loco. En efecto: dicen que es un hombre que huye de las exhibiciones, del trato de las gentes”, de las mascaradas elegantes y de los círculos melosos. Que no ocupa un puesto digno de su talento porque sufre la anquilosis moral que le impide inclinar el espinazo delante de nadie; que se ha aislado, enemigo de las hipocresías ciudadanas; que se ha dedicado al cultivo intelectual de los niños, es maestro de una escuela de tierra adentro; que su carácter es bravío y acerado; que adora sus ideales con un hondo fervor; que ama a los pobres y a los pequeños, y que tiene la fe de su fuerza y el orgullo viril de su talento. No hay duda: loco, loco de remate”.


Radicado en Buenos Aires a principios de este siglo, después de haber vivido varios años en La Plata, Almafuerte atrajo poderosamente la curiosidad de los escritores jóvenes más rebeldes de entonces, entre ellos Manuel Gálvez, quien describe así el encuentro con el poeta en un “tugurio” de la calle Cuyo: “La entrada era la de un fondín inmundo. Había que pasar por allí para llegar a un cuarto sin luz, en dos de cuyos rincones tenebrosos se advertían sendas camas. No me atrevería a afirmar que fuesen camas, precisamente. Algo me dice que eran dos pobres catres. Uno de aquellos lechos pertenecía al poeta-el otro sería de algún inquilino como él o del dueño del fondín- y no había en el cuarto otros muebles que un par de sillas. Almafuerte estaba acostado”.


Todas las sorprendentes imágenes del combativo periodista y del heroico maestro, sumadas a las del iracundo solitario, el “Job por dentro”, que clamaba en el desierto, construyeron ciertamente un personaje que se adelantaba a la persona. ¿En qué medida, por lo tanto, el mito sentimental surgido de anécdotas y episodios estimuló la difusión poética de Almafuerte?


Cabe la pregunta porque la lectura de Almafuerte no es nada fácil.


En sus extensos poemas el resonar de la rima puede llevarnos (voluntariamente o no) a un peculiar “estado físico”, diríamos, cuyo síntoma primero sería la necesidad de una lectura en voz alta. Recordamos entonces la autodefinición que gustaba repetir Almafuerte: “no soy un literato, soy un predicador”. Y lo era no sólo en la intención profunda, sino también en la voz y en la gesticulación. El personaje lo dominaba totalmente. Resulta explicable entonces que estemos casi obligados a leerlo en su propia situación teatral.


Álvaro Yunque supo señalar que la retórica de Almafuerte es “sólo verbal, nunca de pensamiento”. Aquí reside otra dificultad de su lectura, pues esa retórica puede jugarnos sucio si nos atenemos a una de sus primeras consecuencias: la fealdad. Es éste un aspecto muy delicado en su poesía.


Al biografiado le inquietaban el crimen y el castigo mucho más que la fe. Su posición no es religiosa, sino moral, como todos los estímulos que lo instaron a escribir.


Ajeno a los postulados estéticos y a las especulaciones intelectuales, desechó la palabra decorativa y la idea diplomática por imposición sanguínea. Esto no coincidía con el refinamiento mundano de la generación del 80’ ni con los esplendores (sanos o enfermos ) del modernismo. Por eso fue un extremado solitario.
Hay creadores para respetar, para admirar y para querer. Aunque podemos respetarlo poco y admirarlo menos, a Almafuerte es casi imposible no quererlo.
De su obra emana una auténtica vibración, una comunicación elemental que supera las palabras y las ideas y forma parte de lo que misteriosamente deseamos cuando se nos abre un poema.

¡Molto piú avanti ancora!

El mundo miserable es un estrado
Donde todo es estólido y fingido,
Donde cada anfitrión guarda escondido
Su verdadero ser, tras el tocado.

No digas tu verdad ni al más amado;
No demuestres temor ni al más temido;
No creas que jamás te hayan querido
Por más besos de amor que te hayan dado.

Luego de dejar la enseñanza obtuvo un puesto dentro de la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires, y más tarde como bibliotecario y traductor en la Dirección General de Estadística de dicha provincia.


En 1887, se trasladó a La Plata e ingresó como periodista en el diario El Pueblo.​En 1894 retomó su actividad docente en una escuela de la localidad de Trenque Lauquen, pero nuevamente fue retirado por cuestiones políticas dos años más tarde.


A comienzos del siglo  XX participó un poco de la actividad política, pero a causa de  que era reacio a aceptar un cargo político, ya que criticaba duramente a quienes vivían a expensas de los impuestos de la gente, no lo hizo con mucho entusiasmo.


Al final de su vida, el Congreso Nacional le otorgó una pensión vitalicia para que se pudiera dedicar de lleno a su actividad como poeta. Sin embargo no pudo gozar de ella, ya que falleció el 28 de febrero de 1917 en La Plata, a los 62 años.

Museo Almafuerte
En la ciudad de La Plata se encuentra la casa que habitó y donde transcurrieron los últimos días de Pedro B. Palacios. Esta casa, que se halla situada en la avenida 66 N° 530, es hoy un museo que sintetiza la vida y la obra de este artista.

La creación de un museo en esta casona de principios del siglo xx - declarada Monumento Histórico de la Ciudad, de la Provincia y de la Nación- es un justo homenaje al artista y promueve la consolidación como patrimonio público del lugar donde se plasmó su acción humanística y literaria. El museo fue dirigido, hasta 1945, por la Agrupación BASES, presidida por Francisco Timpone y un grupo de vecinos comprometidos con la historia y la obra de Almafuerte. A partir de 1945 la acción cultural del museo queda en manos de la comuna platense.


En el Museo Almafuerte se exhiben manuscritos, fotografías, dibujos, libros, periódicos, escritos sobre su obra, muebles y otros objetos que formaron parte de la vida del poeta. Recorriendo las diferentes salas, el visitante va descubriendo la multefacética personalidad de Almafuerte, a partir de los muchos oficios que tuvo, y, al mismo tiempo, toma contacto con el contexto político, social e histórico que le tocó vivir. Una de las salas permite, además, asomarse a su mundo interior, a sus cosas más personales, muebles y objeto de uso cotidiano, como los anteojos con armazón de plata que lo acompañaron en su vejez.

Su poema más reconocido es "¡Più avanti!, el cual se destaca por la significación espiritual que posee el primer verso:

"No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo ni aún esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz , ya mal herido. "

 

almafuerte.html

 

 

Bibliografía:
González Arrili Bernardo: “Historia de la Argentina, según las biografías de sus hombres y mujeres”. Tomo X. Pág.3645.  
Abad de Santillán Diego: “Gran Enciclopedia de la provincia de de Santa Fe” Editorial Ediar.  Tomo I. Buenos Aires, 1967.

Almafuerte.  Calle.  Topografía:
Corre de E. a O. entre las calles Reconquista e Ingenieros, desde la calle Tuella a la de Angelis, en los barrios Lisandro de la Torre y Empalme Granero.
Se le impuso ese nombre por Ord. 1 del año 1917.
Recuerda al poeta Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917) más conocido por su seudónimo de Almafuerte.
Anteriormente se llamaba Calle 10.
El 20 de marzo de 1938 sobre el frente de un edificio situado en la esquina NE. de la calle Almafuerte y Av. Alberdi, se descubrió una placa en homenaje a Almafuerte que concibió el escultor Herminio  Blotta y donó la Biblioteca pública “Estímulo al Estudio.”