VAZQUEZ ALFREDO JORGE (1957 – 1982)

Guerra de Malvinas. Fin de la contienda.

El 21 de mayo los británicos iniciaron un desembarco en la costa oeste de la isla Soledad, en el Estrecho de San Carlos.


Apostaron a la sorpresa a costa de ofrecer el blanco de buena parte de su flota encajonada en un estrecho. Comenzó una semana de intensos combates aeronavales que duró hasta el 28 de mayo.


En ese lapso, la Fuerza Aérea argentina perdió veinte aviones y murieron 9 de sus pilotos, mientras que 4 aviones de la Aviación Naval fueron derribados y dos aviadores murieron, entre ellos el rosarino Alfredo  Jorge Vazquez, que contaba 25 años. 


Numerosos buques de guerra ingleses fueron hundidos o averiados, pero los transportes, protegidos por estos, eran más difíciles de alcanzar.


Los argentinos demostraron que las naves enemigas podían ser alcanzadas, pero también comprobaron que muchas de sus bombas no estallaban, o atravesaban los barcos de lado. Se calcula que eso sucedió con siete de cada diez de las bombas lanzadas y que acertaron.


Los pilotos argentinos dieron muestras de un valor y un profesionalismo que alcanzó ribetes legendarios ya durante la guerra. Pese a su sacrificio, no pudieron impedir que los británicos consolidaran su cabecera de playa. Las tropas argentinas tampoco estuvieron en condiciones de rechazarlos.

 

Por tierra el cerco británico era cada vez más firme. Desde que comenzaron los bombardeos aéreos y navales, el 1° de mayo, prácticamente no llegaron buques a Malvinas. El puente aéreo se debilitó: si en abril hubo 420 vuelos de transporte desde el continente, entre el 1 de mayo y el 13 de junio sólo hubo 31.

Los soldados argentinos enfrentaron condiciones similares a las vividas por los combatientes en las trincheras de la Gran Guerra, pero en uno de los ambientes geográficos más hostiles del planeta durante el final del otoño austral.


Las posiciones, excavadas en los cerros, se llenaban de agua. No constituían un sistema de defensa articulado, con planificaciones de apoyo entre los distintos cerros. Los espacios transitables entre las alturas no estaban protegidos, y sólo algunos de ellos minados.


De este modo, las posiciones defensivas eran “islas” sobre el paisaje malvinense, entre las cuales podían desplazarse las patrullas de reconocimiento y las fuerzas de ataque británicas.

Desde el punto de vista argentino, la poca disponibilidad de transporte aéreo (helicópteros), los caminos escasos e intransitables y la falta de vehículos (los regimientos mecanizados habían dejado sus transportes en el continente) tornaron dificultosas las simples operaciones de reabastecimiento. Sobre todo en los regimientos que defendían la Gran Malvina y en Darwin (que quedaron aislados de los depósitos de provisiones en Puerto Argentino) los casos de desnutrición (algunos fatales) fueron numerosos. En Puerto Howard, el 50% de los soldados había perdido entre 5 y 10 kg de su peso normal.

Además de esas privaciones, los infantes argentinos estuvieron sometidos a constantes bombardeos.


El principal daño fue psicológico: impedía descansar, alteraba las rutinas y generaba una sensación de impotencia en los soldados ante la evidente capacidad del adversario de alcanzar a los defensores por distintos medios. Muchos soldados intentaron conseguir comida por sus propios medios, robando en los depósitos o “cazando” ovejas.


Estas acciones fueron la causa de numerosos castigos. El más frecuente, el estaqueo, consistía en acostar al hombre con los brazos extendidos y atados. Se trataba de una práctica extendida en el Ejército Argentino, y que en un clima como el isleño se tradujo en situaciones extremadamente penosas e inhumanas. Así, antes de los combates finales, muchos soldados descubrieron que sus principales enemigos eran sus propios oficiales.

Cuando el 11 de junio los ingleses comenzaron su ataque final sobre los cerros, los defensores vivían en ellos desde mediados de abril. La pasividad de la defensa queda patente en el hecho de que, en vísperas de los ataques finales, los soldados argentinos veían frente a ellos la concentración de efectivos y el ir y venir de helicópteros sin poder hacer nada.
 El 8 de junio, aviones argentinos dañaron seriamente a una fuerza de desembarco en Bahía Agradable, pero fue un esfuerzo aislado. Los infantes no estaban en condiciones de avanzar sobre los sobrevivientes británicos debilitados en la playa.

Los últimos combates: A diferencia de lo que esperaban los planes argentinos, los británicos atacaron desde el oeste. Disponían de la iniciativa y pudieron elegir el lugar y el momento de la acción. Como señalamos, el 21 de mayo, desembarcaron alrededor de 5.000 hombres en el estrecho de San Carlos, sin que se produjeran en las primeras veinticuatro horas cruciales contraataques argentinos de magnitud, con excepción de las acciones de una compañía que detectó el desembarco desde las alturas del estrecho.

Desde allí, los ingleses marcharon hacia la localidad de Darwin, donde el Regimiento 12, que se encontraba en malas condiciones físicas y sin su equipo pesado (había quedado en el continente) aguardaba el ataque. Como un símbolo, el jefe de la guarnición argentina se rindió a las fuerzas británicas el 29 de mayo, día del Ejército, tras 36 horas de combate. Luego de esa victoria, los británicos iniciaron una marcha forzada hacia el este con el fin de cerrar el cerco. Este avance obligó a los argentinos a reorientar sus defensas, construidas bajo la expectativa de un ataque desde el norte. Como consecuencia, algunas unidades, como el Regimiento 4, ocupaban posiciones precarias en vísperas del ataque. El plan inglés consistía en golpear las posiciones argentinas ininterrumpidamente, relevando a sus unidades a medida que tomaran los cerros que rodeaban a la capital.

El 11 de junio recrudecieron los bombardeos de ablande en los montes Longdon, Dos Hermanas y Harriet (primera línea defensiva), mientras los ingleses reunían fuerzas para el ataque.
Alrededor de las 21 de ese día, comenzó la ofensiva general. El monte Longdon, defendido por el Regimiento 7, fue atacado por el Tercer Batallón de Paracaidistas británico.


Allí se produjo el combate más duro e intenso de toda la guerra. Duró unas diez horas y se llegó a luchar cuerpo a cuerpo, ya que los británicos tuvieron que expulsar a los defensores pozo por pozo, en algunos casos, al igual que Darwin, utilizando misiles antitanque y bombas de fósforo (que produce terribles daños) para terminar con los defensores.

Según denuncian los mismos ingleses, allí fueron rematados heridos argentinos, y algunos prisioneros fueron fusilados. Un suboficial inglés, condecorado post mortem con la Cruz Victoria, tenía en su mochila orejas cortadas de soldados argentinos.

De este modo, en la noche del 11 al 12 de junio, los británicos quebraron la primera línea de las defensas argentinas.


En la mañana del 12, no hubo combates, pero los argentinos vieron cómo los ingleses reagrupaban fuerzas para el asalto final. El ronroneo incesante de los helicópteros se mezclaba con el duelo de artillería entre las piezas británicas y las argentinas.


Bajo los obuses, riadas de soldados confluían sobre Puerto Argentino, en la idea de que los ingleses no bombardearían la población y escapando de los combates finales tras ver quebradas sus defensas, sus fuerzas y su moral.

Más allá de los esfuerzos de algunas fracciones aisladas, el frente estaba roto. Entre los británicos y el cuartel general de Menéndez, gobernador militar de las Malvinas, sólo se encontraban las posiciones del Batallón de Infantería de Marina 5 en el monte Tumbledown.


Decenas de soldados, aislados o en grupos, algunos armados, otros no, buscaban refugio entre las casas, con la esperanza de que los ingleses no bombardearían la población. Mientras se producía este desbande la artillería británica y argentina mantuvieron intensos duelos.

En la noche del 13 de junio comenzó el ataque inglés al Tumbledown, que estaba muy bien fortificado y defendido.


 Los infantes de marina argentinos sostuvieron un combate largo e intenso, y finalmente se retiraron en orden y bajo el fuego británico, protegidos por los cañones del Grupo de Artillería 3.
El BIM 5 tenía un alto grado de adiestramiento y estaba adaptado al clima. Su jefe, Carlos Robacio, hasta su muerte en 2011, reivindicó tanto esa experiencia como la represión ilegal.


El jefe del GA 3, por entonces teniente coronel Martín Balza, pronunciaría en 1995 una célebre autocrítica acerca del terrorismo de Estado. Esa también es parte de la ambigüedad de Malvinas.

Frente al panorama de un combate casa por casa que sólo aumentaría la matanza (pero que algunos oficiales argentinos alentaban), el general Menéndez rindió la guarnición de Malvinas el 14 de junio de 1982.

 

Bibliografía:

Gamerro Carlos: Las islas.Ed. Grupo Ed. Norma ,1998.

Fantasmas de Malvinas.Ed.Eterna Crónica.Año 2008.

Niebieskikwiat Natasha: Lágrimas de hielo. Ed. GrupoEd. Norma 2012.

 

Vazquez Alfredo Jorge. Pasaje. Topografía:

Corre de E. a .O. a la altura de Rouillón 4100.

Carece de designación oficial.

En el edificio del Concejo Deliberante hay una placa que recuerda al valiente aviador Vázquez   (1957 – 1982) y el de otros seis rosarinos más.