Terminada la unificación nacional, derrotadas las últimas aspiraciones federales, sometidos y expropiados los pueblos originarios y terminada era rosista, los nuevos gobernantes se encontraron con un país semi –desierto.
Hacía falta mano de obra para concretar las obras que demandaban el nuevo modelo constitucionalista y con miras a ser agroexportador.
Las oficinas argentinas de propaganda en el exterior les prometían a los potenciales inmigrantes: tierra, trabajo, seguridad y vivienda.
Al llegar al puerto con sus familias se encontraron con una realidad hostil opuesta a las promesas de un Estado que sólo se preocupaba por obtener mano de obra barata.
Así fueron llegando los inmigrantes, .cargados de hijos e ilusiones, sin dinero, expulsados de sus tierras por los gobiernos y el hambre.
La mayoría de los recién llegados terminaba viviendo en los conventillos, viejas casonas que la gente bien había abandonado para trasladarse a Barrio Norte en 1871 durante la epidemia de fiebre amarilla.
Las casas fueron transformadas en verdaderos palomares, con habitaciones sin ventanas, con un solo baño para cientos de personas.
En cuanto a nuestra ciudad expresa Patricia Ana Tica: “Los censos de población se constituyen en valiosas fuentes para conocer cuántos inmigrantes llegaron a la ciudad y cómo les fue.
La población de Rosario, pasó de 3.000 habitantes en 1851 a 9.785 en 1858.Tal crecimiento en tan sólo 7 años fue consecuencia de la política inmigratoria y colonizadora que se inició prioritariamente en nuestra provincia, desde 1852.
De allí n más, el aumento fue constante: la incidencia del inmigrante en la formación demográfica rosarina cobró más fuerza: 25% en el año 1869, 45 en l año 1929, iniciándose a partir de 1930, un notable descenso en el porcentaje de la población extranjera.”
A los dieciocho años arribó a nuestra ciudad, Félix Soaje con la vitalidad física y espiritual propia de la edad, por lo tanto cualquier ocupación le era útil.
Su meta era el trabajo, el ahorro y el logro de una estabilidad económica. Así hizo de todo: changador, vendedor ambulante, después dependiente de comercio y en pos de sus objetivos llegó a tener un negocio de maderas e hierros en una calle en la que nadie quería vivir, pues era la acequia de la ciudad en aquellos tiempos del siglo XIX, hoy calle Pueyrredón, que atendía de sol a sol engrosando su cuenta bancaria y dando seguridad a la familia que había formado.
Las horas de labor le permitieron extender sus ahorros en más terreno y maquinarias.
Nuevos proyectos para don Soaje,fue sin abandonar la línea alcanzada,lo hizo incurrir en uno de los primeros productores en sustitución de importaciones.
Más para él su logro mayor fue que sus hijos ingresaran en la Universidad, gracias a que el presidente Irigoyen hizo suyas las banderas de la Reforma y convalidó a través de sucesivos decretos, sus postulados fundamentales en 1918. Sí nació la primera legislación reformista en las universidades americanas.
Su mérito mayo fue la de un simple inmigrante que abrió las puertas de su negocio hasta cumplidos los 60 años, cuando su mente dejó de acompañarlo.