Nos dice Susana Cevallos en su artículo de la revista “Susana”, agosto 2017, titulado “Horacio Quiroga. Amor, locura y muerte”:
“Su vida fue signada por la tragedia y su profunda imaginación sin igual caracterizan a este autor que supo como nadie transmitir en sus textos únicos, las sensaciones y las imágenes de la naturaleza. Este año se cumplieron 80 años de su muerte y 100 de cuentos de la selva, un auténtico clásico que da cuenta de por qué es el perfecto cuentista”.
Sus cuentos, de prosa vívida, naturalista y modernista, retratan a la naturaleza con rasgos temibles y horrorosos, como enemiga de las circunstancias del ser humano.
Por ello ha sido comparado con el escritor estadounidense Edgar Allan Poe por sus relatos alucinados y exuberantes con la diferencia que nuestro biografiado, su temática fue el paisaje misionero, despertando todavía asombro en quienes lo leen. Pero también asombra su vida, hecha de pura tragedia- parafrasea Guillermo Pintos.
Horacio Silvestre Quiroga, tal su verdadero nombre, nacido en la localidad de Salto, República Oriental del Uruguay, el 31 de diciembre de 1878, era hijo de dos argentinos, Prudencio Quiroga y Juana Petrona Forteza.
Su padre, proveyendo de armas al ejército colorado, se convirtió en un comerciante próspero y vicecónsul de su país, descendiente del “Tigre de los Llanos”.
Horacio fue un niño pequeño tímido, asmático, algo tartamudo, indisciplinado y rebelde, que resolvía sus pleitos a golpes de puño.
El primer golpe fatídico que tuvo fue en su infancia cuando en una tarde de caza, presenció la muerte de su padre por un disparo accidental, quedando huérfano. Ese final violento, después sería tema recurrente en las narraciones del escritor.
Más su segundo impacto emocional lo sufrió cuando su padrastro, un buen hombre afectivo familiarmente, por un derrame cerebral quedó semiparalizado y mudo, justo cuando Quiroga, contaba con 18 años.
Fue un día de 1896, cuando el joven entrando a una habitación, presenció el suicidio de su padrastro disparándose en la boca con una escopeta manejada con el pie.
No obstante hizo sus estudios en Montevideo, Uruguay hasta terminar el colegio secundario en el Colegio Nacional de Montevideo y formación técnica en el Instituto Politécnico de esa mima ciudad.
Ya desde muy joven demostró interés por la literatura, la química, la fotografía, la mecánica, el ciclismo y la vida de campo.
Simultáneamente también trabajaba, estudiaba y colaboraba en las publicaciones de La Revista y La Reforma. Aún se conserva su primer cuaderno de poesías, que contiene veintidós poemas de distintos estilos, escritos entre 1894 y 1897.
Durante el carnaval de 1898, conoció a su primer amor, María Esther Jurkovski, quien le inspiraría dos de sus obras más importantes: Las sacrificadas (1920) y Una estación de amor (1917).
Pero los desencuentros provocados por los padres de la joven, que reprobaban la relación, debido al origen no judío de Quiroga los llevó a separarse.
En 1899, se fundó la Revista de Salto.6 Después del suicidio de su padrastro, decidió invertir la herencia recibida en un viaje a París. Estuvo cuatro meses ausente.
Sin embargo, las cosas no salieron como había planeado: el mismo joven que había partido de Montevideo en primera clase regresó en tercera, andrajoso, hambriento y con una barba negra a la cual ya nunca más renunciaría. Resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de un viaje a París (1900).
En Buenos Aires, el artista alcanzaría la madurez profesional, que llegaría a su punto culminante durante sus estancias en la selva.
Iniciado en la pedagogía consiguió trabajo bajo contrato como maestro en las mesas de examen del Colegio Nacional de Buenos Aires.
Ya designado como profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires en marzo de 1903, en junio de ese mismo año y ya convertido en un fotógrafo experto, Quiroga quiso acompañar a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones, financiada por el Ministerio de Educación, en la que Lugones planeaba investigar unas ruinas de las misiones jesuíticas en esa provincia.
La excelencia de Quiroga como fotógrafo hizo que Lugones aceptara llevarlo, y el uruguayo pudo documentar en imágenes ese viaje de descubrimiento.
Al regresar a Buenos Aires luego de su fallida experiencia en el Chaco, Quiroga abrazó la narración breve. Fue así como en 1904 publicó el libro de relatos El crimen de otro, fuertemente influido por el estilo de Edgar Allan Poe, que fue reconocido y elogiado, entre otros, por José Enrique Rodó.
Estas primeras comparaciones con el “Maestro de Boston”, no molestaban a Quiroga, que las escucharía con complacencia hasta el fin de su vida y respondería a menudo que Poe era su primer y principal maestro.
Durante dos años trabajó en varios cuentos, entre ellos de terror rural e historias para niños, pobladas de animales que hablan y piensan sin perder las características naturales de su especie.
A esta época pertenecen la novela breve Los perseguidos (1905), producto del viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera hasta la frontera con Brasil— y “El almohadón de pluma”, publicado en la revista argentina Caras y Caretas en 1905, que llegó a publicar ocho cuentos de Quiroga al año.
A poco de comenzar a publicar en ella, Quiroga se convirtió en un colaborador famoso y prestigioso, cuyos escritos eran buscados por miles de lectores.
En 1906 Quiroga decidió volver a su amada selva. Aprovechando las facilidades que el gobierno ofrecía para la explotación de las tierras, compró una chacra (en sociedad con su amigo uruguayo Vicente Gozalbo) de 185 hectáreas en la provincia de Misiones, sobre la orilla del Alto Paraná, y comenzó a hacer los preparativos destinados a vivir allí, mientras enseñaba Castellano y Literatura.
Construyó una casa exacta de la primera que había tenido en San Ignacio. La original fue destruida por indios guaraníes.
Durante las vacaciones de 1908, el literato se trasladó a su nueva propiedad y enamorado de una de sus alumnas, la adolescente Ana María Cires, le dedicó su primera novela, titulada Historia de un amor turbio.
Quiroga insistió en la relación frente a la oposición de los padres de la alumna y por fin obtuvo el permiso para casarse y llevarla a vivir a Misiones con él.
Los suegros de Quiroga, preocupados por los riesgos de la vida salvaje, siguieron al matrimonio y se trasladaron a Misiones con su hija y yerno.
Así pues, el padre de Ana María, su madre y una amiga de esta se instalaron en una casa cercana a la vivienda del matrimonio Quiroga.
Sus padres que intuyeron que su hija iba a ser desdichada se opusieron al romance, más de todos modos la pareja contrajo matrimonio y Quiroga decidió llevar a su joven esposa a vivir a la lejana y hostil selva misionera, donde intentó formar un hogar en una casa segura y rodeada de flores, orquídeas, palmeras bambúes y árboles frutales, pero ese lugar paradisíaco no fue para la esposa, un paraíso y se suicidó, quien le inspiraría escribir años después dos de sus obras más importantes: Las sacrificadas (1920) y Una estación de amor (1917).
Un año antes, en 1911, Ana María dio a luz a su primera hija, Eglé Quiroga, en su casa en la selva. Al año siguiente nació su hijo menor,
Al año siguiente nació su hijo menor, Darío. En cuanto los niños aprendieron a caminar, Quiroga decidió ocuparse personalmente de su educación.
Desde muy pequeños, los acostumbró al monte y a la selva, exponiéndolos a menudo (midiendo siempre los riesgos) al peligro, para que fueran capaces de desenvolverse solos y de salir de cualquier situación.
Fue capaz de dejarlos solos en la jungla por la noche o de obligarlos a sentarse al borde de un alto acantilado con las piernas colgando en el vacío. El varón y la niña, sin embargo, no se negaban a estas experiencias, que aterrorizaban y exasperaban a su madre, sino que las disfrutaban. La hija aprendió a criar animales silvestres y el niño a usar la escopeta, manejar una moto y navegar, solo, en una canoa.
Ana María Cires (1890-1915) se suicidó ingiriendo un sublimado empleado en el revelado fotográfico, que le provocó una agonía de ocho días en que fue atendida por Horacio. Muy afectado, apenas volvería a mencionar a su primera esposa.
Tras el suicidio de su joven cónyuge, Quiroga se trasladó con sus hijos a Buenos Aires, donde recibió un cargo de secretario contador en el Consulado General uruguayo en esa ciudad.
A lo largo del año 1917 habitó con los niños en un sótano de la avenida Canning (hoy Raúl Scalabrini Ortiz), alternando sus labores diplomáticas con la instalación de un taller en su vivienda y el trabajo en muchos relatos, que iban siendo publicados en prestigiosas revistas como las ya mencionadas, «P.B.T.» y «Pulgarcito».
La mayoría de ellos fueron recopilados por Quiroga en varios libros, el primero de los cuales fue Cuentos de amor de locura y de muerte (1917).
La redacción del libro le había sido solicitada por el escritor Manuel Gálvez (responsable de Cooperativa Editorial de Buenos Aires), y el volumen se convirtió de inmediato en un enorme éxito de público y de crítica, y consolidó a Quiroga como el verdadero maestro del cuento latinoamericano.
Al año siguiente se estableció en un pequeño departamento de la calle Agüero, al tiempo que apareció su celebrado Cuentos de la selva, colección de relatos infantiles protagonizados por animales y ambientados en la selva misionera. Quiroga dedicó este libro a sus hijos, que lo acompañaron durante ese período de pobreza en el húmedo sótano de dos pequeñas habitaciones y cocina-comedor.
Con dos importantes ascensos en el escalafón consular (primero a cónsul de distrito de segunda clase y luego a cónsul adscrito) llegó también su nuevo libro de cuentos, El salvaje (1919).
Entre 1922 y 1924, Quiroga participó como secretario de una embajada cultural a Brasil (cuya Academia de Letras lo distinguió especialmente) y, de regreso, vio publicado su nuevo libro: El desierto.
Poco después, Horacio regresó a Misiones. Esta vez nuevamente enamorado, esta vez era de una joven de 17 años, Ana María Palacio.
Quiroga intentó convencer a los padres de que la dejasen ir a vivir con él a la selva. La negativa de estos y el consiguiente fracaso amoroso inspiró el tema de su segunda novela, Pasado amor, publicada en 1929. Finalmente, cansados ya del pretendiente, los padres de la joven la llevaron lejos y Quiroga se vio obligado a renunciar a su amor.
En una parte de su vivienda, Horacio instaló un taller en el que comenzó a construir una embarcación a la que bautizaría «Gaviota». En su casa, ahora convertida en astillero, fue capaz de concluir esta obra y, puesta ya en el agua, la pilotó río abajo desde San Ignacio hasta Buenos Aires y realizó con ella numerosas expediciones fluviales.
A principios de 1926 Quiroga volvió a Buenos Aires y alquiló una quinta en el partido suburbano de Vicente López. En la cúspide misma de su popularidad, una importante editorial le dedicó un homenaje, del que participaron, entre otros, figuras literarias como Arturo Capdevila, Baldomero Fernández Moreno, Benito Lynch, Juana de Ibarbourou, Armando Donoso y Luis Franco.
Amante de la música clásica, Quiroga asistía con frecuencia a los conciertos de la Asociación Wagneriana, afición que alternó con la lectura incansable de textos técnicos y manuales sobre mecánica, física y artes manuales.
Quiroga ya había fijado los ojos en quien sería su último y definitivo amor: María Elena Bravo, compañera de escuela de su hija Eglé, que sucumbió a sus reclamos y se casó con él en el curso de ese mismo año sin siquiera haber cumplido veinte años.
Quiroga junto a su segunda esposa, María Elena Bravo, partió de nuevo a Misiones (1932).
Último regreso a Misiones
A partir de 1932 Quiroga se radicó por última vez en Misiones, en el que sería su retiro definitivo, con su esposa y su tercera hija (María «Pitoca» Helena). Para ello, y no teniendo otros medios de vida, consiguió que se promulgase un decreto trasladando su cargo consular a una ciudad cercana.
Los celos dominaban a Quiroga, quien pensó que en medio de la selva podría vivir tranquilo con su mujer y la hija de su segundo matrimonio.
A la mujer de Quiroga, al igual que su infortunada antecesora, no le gustaba la vida en el monte y las peleas y violentas discusiones se volvieron diarias y permanentes.
En esta época salió a la venta una colección de cuentos ya publicados titulada Más allá (1935). A partir de su interés en las obras de Munthe e Ibsen, Quiroga se decantó por nuevos autores y estilos, y comenzó a planear su autobiografía.
En 1935 Quiroga comenzó a experimentar molestos síntomas, aparentemente vinculados con una prostatitis u otra enfermedad prostática.
Internado en el prestigioso Hospital de Clínicas de Buenos Aires a principios de 1937, una cirugía exploratoria reveló que sufría de un caso avanzado de cáncer de próstata, intratable e inoperable.
María Elena estuvo a su lado en los últimos momentos, así como gran parte de su numeroso grupo de amigos.
Por la tarde del 18 de febrero una junta de médicos explicó al literato la gravedad de su estado.
Desesperado por los sufrimientos presentes y por venir, y comprendiendo que su vida había acabado Quiroga confió a Batistess a su decisión: se anticiparía al cáncer y abreviaría su dolor, a lo que el otro se comprometió a ayudarle.
Esa misma madrugada y en presencia de su amigo, Horacio Quiroga bebió un vaso de cianuro que lo mató en pocos minutos.
“Es una muerte que nace desde dentro, que a pesar de la forma que asume...no es sino la culminación natural de esa vida. Una muerte a la medida del hombre que fue Quiroga”.
Su cadáver fue velado en la Casa del Teatro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que lo contó como fundador y vicepresidente. Tiempo después, sus restos fueron repatriados a su país natal.
Uno de los deseos de Quiroga era que cuando muriera su cuerpo fuera cremado y sus cenizas esparcidas en la selva misionera.

Bibliografía:
La expuesta en el texto.
Pintos Guillermo:”Amor, locura y muerte”. Revista Nueva, 1995.
Pellegrini N. L: Microbiografía de Horacio Quiroga. Diario La Capital. Rosario, 1996.
Quiroga Horacio. Calle. Topografía:
Corre de E. A O. desde 100 hasta 399 a la altura de Av. Nuestra Señora del Rosario 400Bis. Brazo Norte del arroyo Saladillo.
Se le impuso ese nombre por D. 21924 del año 1958.
Recuerda al escritor Horacio Quiroga ( 1878 – 1937), autor de cuentos alucinantes sobre la selva misionera, donde vivió entre 1909 y 1916 y entre 1931 y 1936.