QUIROGA HORACIO (1878 – 1937)

Nos dice Susana Cevallos en su art. “Horacio Quiroga. Amor, locura y muerte” de la revista Susana de agosto 2017: “Una vida signada por  la tragedia y una imaginación sin igual  caracterizan a este autor que supo como nadie transmitir en sus textos , las sensaciones y las imágenes de la naturaleza.  Este año se cumplieron  80 años de su muerte y 100  de cuentos de la selva, un auténtico clásico  que da cuenta de por qué  es  el perfecto cuentista”.

Sus cuentos, alucinados y exuberantes como el paisaje misionero, todavía  despiertan asombro en quienes lo leen. Pero también  asombra su vida, hecha de pura tragedia- parafrasea  Guillermo Pintos -

Horacio Silvestre Quiroga, tal su verdadero nombre, nacido en la localidad de Salto, República Oriental del Uruguay, el 31 de diciembre de 1878, era hijo de dos argentinos, Prudencio Quiroga y Juana Petrona Forteza.

Su padre, proveyendo de armas al ejército colorado,se convirtió en un comerciante próspero y vicecónsul de su país, descendiente del “Tigre de los Llanos”.

El  primer golpe fatídico que tuvo que sufrir el niño sería un disparo accidental en
una tarde de caza, quedando  huérfano de padre.  Final violento, después recurrente en las narraciones del escritor.
Era  el pequeño tímido, asmático, algo tartamudo, indisciplinado y rebelde, que resolvía sus pleitos a golpes de puño.
     
Casada doña  Juana Forteza en segundas nupcias con un buen hombre, la felicidad sería efímera para Horacio porque después de un derrame cerebral,  el padrastro se descerrajó un escopetazo en la boca, y sería   el niño ya adolescente, quien lo encontrara muerto.

 

Luego se convirtió en un hombre de mundo que vestía como un dandy, admirando a Leopoldo lugones y escribiendo poesías.

 

Pese a la imagen ominosa con que habitualmente se la describe, la vida de Quiroga  se cumplió con vigor y pasión inusitada: un viaje a Europa en 1900, después  de un disparo también accidental matando  a su amigo íntimo, más una
primera experiencia  como colono en el Chaco en 1904 como cultivador de algodón, más  una serie de amores desmesurados y  el aprendizaje de oficios heterogéneos:  como constructor de canoas  y muebles,  sumado a ilusiones de proyectos frustrados como destilación de aceites, explotación de flora textil y fabricación de dulces màs  su larga estancia en la selva misionera, lo pintan como un hombre empeñoso y febril, a pesar de estar signado por la mala suerte.

Entre las alumnas del Liceo de señoritas donde daba clases, una joven angelical  y tímida se enamoró perdidamente  de ese profesor extraño pero cautivante, 13años mayor. Sus padres que intuyeron  que su hija iba a ser desdichada se opusieron al romance, más de todos modos la pareja contrajo matrimonio y Quiroga  decidió llevar a su joven esposa a vivir a la lejana y hostil selva misionera, donde intentó formar un hogar en una casa segura y rodeada de flores, orquídeas, palmeras  bambúes y árboles frutales, pero ese lugar paradisíaco  no fue para la esposa, un paraíso y se suicidó.
 
Él  desesperado por la tragedia optó por criar  a sus hijos Egle y Darío, que llamaban “papaíto” hasta que decidió regresar a Buenos Aires.

Aunque  la pérdida de Ana María lo marcó para siempre, los años veinte siguientes  serían de relativa tranquilidad. Conoció algo de bienestar económico que siempre le fue esquivo; cultivó amistades en Buenos Aires como las de la poetisa Alfonsina Storni o las escritoras Emilia Bertolé y  Norah Lange.

 

Sus libros resultaron de selecciones de material entregado a diarios y revistas de actualidad o variedades. Su primer trabajo se publicó en “La Alborada” de Montevideo, colaboración pagada con tres pesos.

 ”Desde ese instante  - recordaría más tarde- he pretendido  ganarme la vida escribiendo. Al año siguiente ya en la Buenos Aires, “El Gladiador” me retribuía un trabajo con quince pesos, para alcanzar con “Caras y Caretas” en 1905, veinte pesos”
 
Su  obra narrativa fue creada para la prensa periódica, salvo su primer volumen de cuentos “El crimen del otro” de 1904, donde se puede apreciar la influencia de Poe.

Publicó “Cuentos de amor, de locura y de muerte”, “El salvaje” “Anaconda” y “El desierto”. Paralelamente publicaría en “Caras y Caretas” numerosos artículos  sobre una suerte de destierro o exilio en la selva misionera.

En el año 1927  se casó se segunda vez con María Elena Bravo, una compañera de liceo de su hija, a quien le llevaba casi medio siglo de vida, abismo generacional que seguramente profundizó ese sentimiento oceánico de incomunicación.

Ambas, su mujer y su hija otra vez  le devolverían el riesgo y la intensidad del paisaje pero no la aceptación, pues un día lo abandonaron para volver al ruido, el movimiento y las luces porteñas.


En 1936 se sintió enfermo  y le pronosticaron cáncer de próstata y el 18 de febrero de 1937, luego de estar internado en el Hospital de Clínicas  de Buenos Aires, se suicidó inyectándose  cianuro.

Fue velado en la Casa del Teatro y los pocos asistentes que había en la ceremonia eran escritores, y todos peleados entre sí. Leopoldo Lugones al hacerse presente diría: “Todavía me cuesta creerlo. Un hombre tan entero venir a eliminarse con cianuro, como una sirvienta”. Un año después, Lugones haría lo mismo.

El cine argentino registró el filme ”Prisioneros de la tierra”, dirigido por Mario Sóffici en 1939, basado en cuentos de Quiroga.

 

 

Bibliografía:
La expuesta en el texto.
Pintos Guillermo:”Amor, locura y muerte”. Revista Nueva, 1995.
 Pellegrini N. L: Microbiografía de Horacio Quiroga. Diario La Capital. Rosario, 1996.

Quiroga Horacio. Calle. Topografía:
Corre de E. A O.  desde 100 hasta 399 a la altura de Av.  Nuestra Señora del Rosario 400Bis. Brazo Norte del arroyo Saladillo.
Se le impuso ese nombre por D. 21924 del año 1958.
Recuerda al escritor Horacio Quiroga ( 1878 – 1937), autor de cuentos alucinantes sobre la selva misionera, donde vivió entre 1909 y 1916 y entre 1931 y 1936.