Arturo Umberto Illia. Despedida al honrado patriota:
Su vida se extinguió superando la injusticia y la incomprensión a que están expuestos los hombres políticos, rodeado del respeto público fundado en el reconocimiento de su honradez proverbial y su patriotismo indiscutido. Llegado al poder, su sometimiento a los dictados populares, lo llevaron a consentir excesos. Por eso no actuó con la energía necesaria para evitar el creciente desorden social, lo que dio el argumento decisivo para provocar se derrocamiento.
La honradez administrativa fue la esencia de su pensamiento político, la razón de ser de su larga actuación.
Fallecido en Córdoba el 18de enero de 1983, los restos del doctor Illia fueron velados en un principio en la Casa Radical en el centro de la ciudad cordobesa.
Contrariando un expreso deseo del propio Illia, quien había pedido que sus restos fueran sepultados en Cruz del Eje, se procedió a enviarlos a la Capital Federal.
Un enorme gentío lo acompañó desde la Casa Radical hasta el Aeropuerto de Córdoba, siendo visibles las expresiones de congoja que su desaparición había producido.
Tras la llegada del féretro a Ezeiza, se lo trasladó al Salón Azul del Congreso de la Nación.
A despecho del gran calor reinante, una enorme cantidad de público desfiló ante la capilla ardiente.
Después sus restos fueron trasladados a pulso desde el Congreso hasta el cementerio de la Recoleta, para ser depositados en el monumento a los caídos en la Revolución de 1890, donde descansan los restos de Leandro L. Alem y de Hipólito Irigoyen.
Durante el recorrido del cortejo que tenía una extensión de tres cuadras, se renovaban las expresiones de pesar y de admiración, entonándose en repetidas ocsiones el himno nacional y la marcha radical. Eran las dieciocho cuando recién el féretro pudo ser introducido en el cementerio, en medio d enormes dificultades pr le gentío que se había dado cita en el lugar.
Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 4 de agosto de 1900, en un hogar de inmigrantes italianos, formado por don Martín Illia, chacarero que había llegado al país en 1886, y Emma Francesccini, quienes con su poca instrucción enseñaron a sus hijos los verdaderos valores de la vida.
El niño cursó los tres primeros años del primario en su pueblo natal, y completó sus estudios en el Colegio salesiano Pío Nono de Almagro, donde cinco años antes habían cursado Gardel y Ceferino Namuncurá.
Estudió medicina en la UBA y militó en el centro estudiantil. Se diplomó en 1929, ejerciendo brevemente en Entre Ríos, hasta aceptar ser médico ferroviario en Cruz del Eje. Pronto sería cesanteado al caer Irigoyen y decidió ejercer privadamente la medicina y dedicarse simultáneamente a la política.
En 1931 ya era presidente del comité departamental de la U:C:R. y vice –gobernador de Córdoba en el período 1940 –1941, llegando al comité provincial y convencional entre 1948 y 1952. Candidato a gobernador provincial en 1951 fue derrotado por única vez, más lo logró en 1962, aunque no asumió porque las elecciones fueron anuladas por el presidente Arturo Frondizi. Para entonces ya había sido vicepresidente del partido.
Prometió que si llegaba a la presidencia se iban a acabar las proscripciones y así fue, al asumir como presidente de la Nación el 12 de octubre de 1963, cumplió sus promesas electorales, no hubo detenidos políticos, en verdad que fue una etapa donde la libertad sería un recreo grande en el país.
Practicó la conducta en el ejercicio del gobierno que no es otra cosa que la austeridad republicana. Pero la honestidad no fue lo único que caracterizó a don Arturo.
Pero la honestidad no fue sólo lla preocupación de don Arturo, también lo sería la educación pues durante su gobierno el presupuesto asignado a esa área, fue uno de los más altos que se conocen, disminuyendo simultáneamente la deuda externa, tanto que en los últimos meses de su gobierno fue prácticamente nula,.
Hasta hoy no sabemos qué oscuros intereses lo derrocaron el 28 de junio de 1966. Fecha cuando un grupo de oficiales que él mismo denominó “salteadores nocturnos” más algunos policías vestidos con uniformes de fajina, cascos y lanzagases, lo echaron del despacho de la Casa Rosada.
El desenlace es anecdótico y hasta incomprensible, Illía depuesto como presidente de la Nación pidió “un auto de alquiler” al mejor estilo irigoyenista y partió hacia la casa de un hermano en las afueras de la ciudad”, mientras el país silencioso se mantenía torpemente indiferente.
No quiso acumular bienes, bastaba conocer la casa y consultorio modesto de Cruz del Eje que le donaron los vecinos. El coche que figuró en su declaración jurada realizada al asumir como presidente era un Renault Dauphine, que vendió al final de su mandato para que su esposa fuera operada en Houston.
Ella Silvia Martorell de Illia el 7 de setiembre de ese mismo año falleció en el mismo año del derrocamiento. Tenía sólo 48 años.
Viudo y solitario, en los últimos años fue invitado a numerosos viajes, pero prefería quedarse en la calle Arredondo 4729 del Cerro Las Rosas, Córdoba, en la casa de su hijo Martín, también médico.
Un día antes de Navidad de 1982 fue internado y operado tres días antes del Año Nuevo, y en esa habitación 413 del Hospital Privado de Córdoba, murió el 18 de enero, cuando todos se habían olvidado que 10 años antes se había salvado milagrosamente de un accidente automovilístico.
Illia quedará por siempre en la historia del país, como hombre de bajo perfil pero de alta moral, amante de la democracia y de las libertades humanas.
Illia destruyó las intrigas y a los amigos de la corrupción. Enfrentó con valor y determinación los embates de las multinacionales y el viejo político apuntó sólo al bienestar de su pueblo convirtiéndose en el paladín de los hombres de bien labrando el destino de una patria libre.
Yrigoyen, Illia y Raúl Alfonsín, (coincidentemente tres presidentes radicales) fueron, son y serán para la Nación, modelos de honestidad en el manejo de los bienes del Estado.