PETTINARI DOMINGO

Algunos historiadores insisten en que a los barrios del oeste les faltó el protagonismo concedido a otros lugares de la ciudad. Acentúan que estos barrios no fueron actores de grandes revoluciones, mitines o períodos históricos, ni los destinatarios de construcciones oficiales, parques o bulevares a la francesa.

Su historia puede ser diferente, pero las luchas vecinales, los emprendimientos en común y el espíritu de autonomía demuestran que crecieron gracias al esfuerzo cotidiano y conjunto de cada uno de sus habitantes, lo que hizo que cada logro tuviera el sabor de lo que se consigue con el trabajo compartido.

Barrio Belgrano creció gracias a los ideales de solidaridad y la conciencia de un destino común, factores que hicieron de que ese barrio de trabajadores fuera algo más que un conjunto de casas.

Junto a los hogares crecieron las necesidades de abastecerse en lugares comunes de recreación, esparcimiento, y espiritualidad.

Así alrededor de la plaza central, indiscutido lugar social, se instalaron las instituciones que regirían el destino del barrio: la iglesia, la escuela, el club, la comisaría y el hospital.

La imagen del cura párroco que recorría las calles sobre un petiso, acompañado por un perro de caza, bien podría ser la carta de presentación de la parroquia San Antonio de Padua, erigida a fines del siglo XIX sobre terrenos cedidos por la Sociedad Vila Hermanos, atendida en un principio por los padres franciscanos de las iglesias Santa Rosa y San Francisquito.

El 1ª de enero de 1908 fue nombrado el primer cura párroco, Rafael Bornín, que atendió con diligencia los requerimientos de los feligreses.

A él le seguiría por un año el padre Ramón Carrillo, hasta el 25 de febrero de 1910, fecha en que llegó al barrio el presbítero Domingo Pettinari quien de entrada se comprometió con la actividad vecinal y con los cambios que favorecieron las condiciones de vida del lugar.

Nos dice el diario La Capital en Historia de Rosario desde la mirada de sus vecinos.: “El padre Pettinari, fue un cura caudillo de todas las luchas”.

En la memoria del barrio quedó grabada la imagen de este sacerdote, que supo ganarse el cariño de la gente a través de su singular personalidad.

Se lo podía ver con la sotana arremangada, jugando al fútbol con los chicos en los potreros y se lo recuerda tanto por sus paseos en petiso por las quintas de la zona como por sus pelea enérgicas y sus respuestas contundentes ante las autoridades de turno.

También se arremangaba para jugar a las bochas frente a la iglesia, después de la misa , en el boliche de Traverso, donde se acercaban los vecinos en carros y sulkies”.

“El padre bocheaba como el mejor”, recuerda un vecino Héctor Ferreyra de 75 años.

El padre Pettinari estuvo a cargo de la parroquia San Francisco de Padua durante casi treinta años, desde 1910 hasta 1938, brindándose con total abnegación a la ayuda espiritual y material de los vecinos de ese sector.

“Se puede decir que es un famoso. Era un cura caudillo, de los que ya no existen más” define el padre Santidrián. y agrega “ de los que quedan pocos”.

Muchas fueron sus preocupaciones y sus inquietudes también en procurar el adelanto por la estructura de la iglesia a su cargo, como sería la erección del campanario en el año 1913, encargado por Pettinari en Lovaina, Bélgica.

Las campanas fueron fundidas y realizadas con un aleación de cobre de gran vibración que le otorga al campanario un sonido muy particular que inunda las primeras y las últimas horas de la jornada diaria, aún actualmente, las que recuerdan su presencia espiritual.

A Pettinari se lo conocía como “el Ñato” por la fisonomía de su rostro, quien sería simultáneamente capellán del viejo enterratorio municipal. De ahí el dicho popular con referencia al cementerio La Piedad como “La quinta del Ñato”.

Bibliografía:
Diario La Capital en “Historia de Rosario desde la mirada de sus vecinos”. Rosario, 20 de octubre de 1996.

Presbítero Domingo Pettinari. Pasaje. Topografía:
Corre entre las calles Bolivia, Marcos Paz, Perú y Mendoza.
Se le impuso ese nombre por D. 33.513 del 7 de diciembre de 1966.
Recuerda al párroco de la iglesia San Antonio de Padua que ejerciera su ministerio desde 1910 hasta 1938, con total abnegación a la ayuda espiritual y material del prójimo.

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