PEDRONI JOSÉ (1899 – 1967)

“Autobiografía“ de José Pedroni: “A instancias de los editores, voy a decir quién soy: Octavo en el orden de once nacimientos, vine al mundo en Gálvez (Santa Fe) el 21 de septiembre de 1899. Allí hice mis primeras letras, allí permanecí hasta los trece años. En ese tiempo, el mejor de mi vida, se produce mi cuento donde hay algunos nombres – Juan, Ramón, Félix, Julián y Ercilia, mi dulce hermana; - las ruinas, a extramuros, de una iglesia que nunca llegó a techarse, el observatorio de lechuzones de una chimenea de viejo molino, una laguna llena de sanguijuelas chupadoras; un campo con pechirrojos y “sonsitos”, un tren que pasa y una mariposa que deposita en mi corazón el huevecillo que se resolvería después en verso un poco triste".

Mi padre, constructor de cuchara en mano, a quien yo servía de peoncito en mis horas libres, solía encontrarme detrás de pilas de  ladrillos tocando la serenata de mi soledad, con un violín de dos palitos secos. Otras veces, su silbido me sorprendía escribiendo en la arena palabras inventadas, arte éste de bajo precio finalmente me aficioné.

Mi padre miraba sin comprender mis actitudes, mi madre se entristecía y era Ercilia la que no me decía nada, la que me dejaba hacer, sonriente.
Mi madre se llamaba Felisa, y era callada, propensa al llanto y muy hermosa. Mi padre, don Gaspar, era menudo, nervioso, dominante y gran trabajador. Firmaba Pedroni Gaspare.
A su nombre llegaba a nuestra casa un diario italiano, que yo leía para él, por las noches. Me decía que sabía hacerlo muy bien; pero no era cierto.

Casi siempre mi padre se echaba un sueño sobre la mesa grande, de  tan cansado que  estaba. Mi madre le recordaba y él buscaba el lecho con paso vacilante. Se me ocurría un pájaro herido.
Yo aprovechaba para irme a dormir, y hacia la medianoche me despertaba a llorar. Me curaron ese estado, como las curas en tiempos antiguos, con una tijera abierta, puesta por Ercilia debajo de mi cama.

Un día me llevaron a Rosario, para  que estudiara. Fui mensajero de un cerealista, y por la noche, alumno de la Escuela Superior de Comercio.

Valiéndome de un aparato con cilindros de cera, aprendía un poco de idiomas. También aprendí el telégrafo en un manipulador de construcción doméstica. No sé para qué. Era mi maestro, mi hermano Gaspar.

A los dieciocho años regresé al campo. Anduve por algunas colonias agrícolas, donde el tenedor de libros se le llamaba escribano. Con los cosechadores aprendí a contar.

A los veinte años aparece la mujer, una sola en mi vida. Conscripto y casado. Llegamos con un hijo a Esperanza. Fui durante treinta y cinco años contador de una fábrica de arados.
Jubilado, aquí estoy con sesenta y un años, cuatro hijos y nueve nietos. Esto es todo, y demostrativo de la vulgaridad de mi vida, que no me separa de los demás y que están a mi canto.
Con las palabras de Hugo respondo a la desilusión que pueda  pruducir en algunos: “¡Ah, insensato, que crees que yo no soy tú!”

He publicado, con éste, diez libros de versos, donde el hombre, en quien creo y a quien amo, participa de mi emoción y domina sobre el paisaje.
El recuerdo del hombre dirá cuál es el mejor de mis poemas. Pienso que ha de ser aquél donde mi semejante de hoy y de mañana se reconozca. La gloria no es más que un verso recordado.”

Piedras
Porque soy contador,
y de vulgares modos,
y visto simplemente,
y si miro una estrella
o una flor,
La miro como todos,
“Los versos no son de él – dice la gente -
se los escribe ella”.

Así es, así es:
Yo soy la inútil hiedra
Enredada a tus pies.
Azules, verdes, rojos,
Tú los versos me das
En cubitos de piedra de tus ojos.
Yo los armo, no más.

La repercusión nacional del poeta José Pedroni se produjo  cuando la figura rectora de Leopoldo Lugones lo nombra en el espacio consagratorio del diario “La Nación” al que agradecí su admiración  con el apelativo de “Hermano Luminoso.

Beatriz Actis dice:”Gracia plena”, el libro que denominó Pedroni, “Maternidad”, son poemas que abarcan desde la Primera a la Novena Luna representando  para la escena literaria nacional la obra de un místico a la manera pagana de las églogas, es decir, por tierna exaltación ante el bien y la hermosura de la vida.”

Pedroni recrea en su poesía,  las atmósfera particular de la llanura santafesina (aludimos, por supuesto, a la existencia de referentes concretos de la zona geográfica y cultural conocida como la pampa gringa) eje prácticamente propio en su obra y rescata con  su voz de poeta en “Monsieur Jaquin” los nombres de los héroes de la primera colonia  agrícola del país, hoy ciudad de Esperanza.

Agrega el escritor Saer: “Ya en su primer libro, “La gota de agua” había presentado su estilo sencillo y musical. Es decir en él se preanunciaba al poeta que canta a la tierra, al hombre, al amor (concretizado en la figura de la mujer querida) más una concepción aprobatoria del mundo y un deseo de rescatar de él lo mejor”.

 

Bibliografía:
Saer Juan José: “José Pedroni. Las cosas simples de la vida”. Art. del diario La Nación, 19 de setiembre de 1999.
Actis Beatriz: ”El poeta y las formas de su trabajo”. La Capital, 19 de setiembre de 1999.

Pedroni. Calle. Topografía:
Corre a la altura de Baigorria 2100. Parquefield.
Se le impuso ese nombre por O. .2172 del 15 de setiembre de 1975.
Recuerda al poeta santafesino. Nació en Gálvez, provincia de Santa Fe en 1899 y murió en Esperanza, provincia de Santa Fe, en 1968. Sencillo, de gran calidad  humana, religioso en la intimidad de su hogar, compañero de la naturaleza, cantor primitivo, honesto y revelador de un vitalismo de su propio mundo cotidiano.