OMBÚ

Roberto Corbet en el diario “El Sol” de Buenos Aires en el mes de octubre de 1939, bajo el título “El ómbú, un árbol difamado”escribió “árbol demasiado pulcro en su elegancia solitario, el ombú no ha podido pasar inadvertido ni ante los ojos del hombre autóctono americano ni ante los ojos escrutadores de novedades de los aventureros de la conquista. El indio y el navegante, el botánico, el simple paisano y el versificador nativo lo distinguieron desde un comienzo”.

El primero se valió de él para sus ritos funerarios. Con su silueta prominente erguida en la quietud de las riberas platenses, señaló rutas al segundo. Incorpórose en el temario científico del tercero.

Y allí, con aristocrático apodo latín, Phytolacca Dioica ocupó un puesto en la nomenclatura de la flora indígena. El cuarto administró su sombra en el desgano impuesto por las siestas estivales propicias al mitin de las cigarras. Y el último pregonó su fama de pago en pago, con irresponsabilidad difamatoria, ante la alarma superticiosa de la gente simple al compás de las guitarras cantoras o a través del relato de imaginadas tragedias, hecho durante la noche de los velatorios campesinos.

Sí, el ombú ha originado todos estos hechos y habladurías. No faltaron quienes le negaran su autenticidad americana. ¿Extranjero él? que mucho tiempo antes de que se conociera la cruz cristiana por estas latitudes, fue destinado a proteger con su sombra sin grietas, la sepultura indígena de guaraníes, timbués, quiloazas y colastinés que ocupaban el territorio en que asienta hoy la provincia de Santa Fe.”

Por el contrario es criollo como pocos, gaucho como ninguno. Su esfera sobre el recio pedestal de sus raíces semeja como un el león rey de la selva o como prehistórico paquidermo.

No sé si será el más pintoresco de su especie, pero sí el más genuino y característico dentro de la flora argentina. Siempre inútil para ser leña de lumbre, poste para alumbrado u horcón de rancho, aunque siempre considerado a través del tiempo por la frondosa sombra brindada a seres racionales e irracionales.

El ombú es el árbol que nunca muere. Nada puede extinguirlo. Ni el exceso de lluvia, ni la prolongación de las sequías. Su vitalidad es a toda prueba. Resiste a las inclemencias del tiempo y de la naturaleza, como también ni la fuerza demoledora del hombre.


Como dice el arquitecto Bonacci en su artículo del diario “la Capital” del 4 de julio de 2004: “A la sombra de gigantes verdes” ” La ciudad es conocida, entre otras cosas, por haber rechazado el color en general. Existe casi sin estridencias, con mesura. Sin embargo se destacan nítidos en la cuadrícula urbana rosarina productos naturales casi siempre descuidados por sus habitantes.(...) Estos son los compañeros de la vida frecuentemente olvidados por la indiferencia y el olvido”.


En efecto pese a que los habitantes inconscientemente lo ha maltratado existe y subsiste con mesura en la geografía urbana rosarina, continúa en nuestros días mostrándose majestuosamente, aunque cada vez menos y más solitario, en los parques Urquiza, en el Independencia, como en las plazoletas Bélgica y Guernica como también en terrenos hoy incluidos en la Ciudad Universitaria.


Rosario y los ombúes del pasado
Mikielievich afirma “que abundó desde milenios en el Pago de los Arroyos, comarca donde se asienta nuestra ciudad, pero a medida de extenderse la urbanización en el área del municipio rosarino se fue reduciendo paulatinamente, el número de esos magníficos exponentes de la flora nativa.
Un caso muy particular sería al comenzar la presidencia del general Mitre, 1862, sobre la esquina sudeste de las calles del Puerto ( hoy San Martín) y San Luis, a menos de 30 metros del primer mercado que existiera en la ciudad , el Mercado Central, en la manzana hoy cubierta por la plaza Montenegro (antes llamada intendente Santiago Pinasco), se reunían vagos a la sombra de un añoso ombú a jugar a la taba. Aquellos mal entretenidos con el “huesito” y su corte de mirones donde solían congregarse gendarmes de vigilancia, fueron aventados cuando el jefe político Nicasio Oroño dispuso meterle pico y pala al ombú, con lo que terminaron allí las concentraciones de amantes del vernáculo juego”.
Otra situación del pasado con referencia al ombú, narra Mikielievich:
El 20 e abril de 1882 pidieron numerosos vecinos de la calle Urquiza entre las de Progreso, hoy Mitre, y Entre Río, la eliminación de un ombú que afirmaban ser formidable al extremo de entorpecer, con sus enormes raíces, el tránsito de vehículos en la vida publica. En la demanda intervino el arquitecto José Soler, quien al poco tiempo, una vez arrancado, de ese lugar el obstáculo, allí mismo comenzó a construir el Gran Hotel Central, edificio de excepcional belleza arquitectónica de líneas moriscas que, luego de noventa años de existencia en 1978, con el pretexto de ser modernizado, fue convertido en el Hotel Imperio, modificando en forma absoluta su estructura original.”
Concretóse otra vez la desaparición de estos infortunados ejemplares de nuestra flora en aras del progreso.

Bibliografía:
La expuesta en el texto.

Ombú. Calle. Topografía:
Corre de E. a O. desde 1300 hasta 2999, a la altura de Av. Corrientes 5900; Callao 5900, paralela a Arijón 1900.
Carece de designación oficial.
Con anterioridad se denominó Las Delicias.
Recuerda al árbol más representativo de la flora argentina.