ÑUSTA

En su calidad de hijo del Sol, el Inca, jefe supremo del imperio  Tahuantinsuyu se rodeaba de máximo lujo y opulencia que denotaba su carácter divino.


Vestía túnica y manto de fina lana de vicuña, que sólo usaba una vez, confeccionados por las “ñustas”, jóvenes especializadas en el trabajo del hilado perfecto de varios colores, completando su atuendo calzando ojotas adornadas con cabecitas de leones o tigres hechas en oro, plumas, esmeraldas y otras piedras preciosas.


Tuvieron los jefes incas dentro de su vana religión, hechos singulares como ser amos y señores de mujeres dedicadas  a adorar el Sol, en perpetua virginidad, recogidas en casas de aislamiento en el Cuzco   - como pueden ser las casas de clausura de algunas congregaciones de monjas católicas – que luego se extendieron por todo el Perú.


Las ñustas era jóvenes particularmente elegidas . El Inca decidía su suerte, las asignaba ñustas o las destinaba esposas o concubinas de importantes funcionarios. 


Debían ser legítimas doncellas de sangre real, tanto descendientes del Inca como de sus deudos y nunca nacidas de mezcla  de otras  castas  ajenas  a la casa real.


No podían ingresar al Cuzco si hubiesen tenido algún contacto sexual y menos si hubiesen tenido vástagos porque ello las hacía impuras.


Vivían en ámbitos de perpetua clausura hasta el final de sus días, afectadas a la preparación de alimentos ceremoniales- en general la chicha- o a la confección de prendas de vicuña, evitando el locutorio y contacto tanto de hombres como mujeres ajenas a la comunidad.


Según las reglas religiosas no debían exponerse a ser vistas por alguien masculino, aún el propio Inca estaba impedido de gozar del privilegio -  en   uso de su autoridad -  de   verlas o hablarles.


 Sólo la Coya que era la reina  y sus hijas tenían licencia de entrar en sus recintos y dirigirles la palabra y  sólo ellas podían asistirlas en alguna emergencia.


 Las elegidas debían permanecer en lo que hoy llamamos monasterios, habiendo jurado pobreza, castidad y obediencia.


 Eso sí tenían personas calificadas de criadas que ingresaban a la casa del Sol, para mantener el orden y brillo de los aposentos de las vírgenes, mientras la primordial actividad de las “aclla cuna” como las llamaban - era hilar y tejer a la perfección toda indumentaria del Inca y  la Coya, usando fibras de oro combinadas con ricos plumajes, más  el finísimo labrado en oro de prendas que ofrecían a la divinidad mayor como prueba de la eterna  aceptación de su destino hasta su muerte.

 

Bibliografía:

D´Oliver Nicolau Luis: “Las vírgenes dedicadas al Sol”. Pág. 522 y sig.

 

Ñusta. Cortada. Topografía:

Corre de e. a O. desde 7700 hasta 7799, a la altura de Colombres 300; paralela a Juan B. Justo 7700.

Carece de designación oficial.

Recuerda a las vírgenes del templo del Sol en el imperio incaico.