MURATTI DE GRANDOV ELVIRA

"La Junta de Historia de Rosario, en el marco de sus tareas de preservación de la memoria histórica de la comunidad, solicita al Cuerpo de su Presidencia que se considere favorablemente imponer el nombre de "Elvira Muratti de Grandov" a la calle actualmente designado con el número "604".


La señora Elvira Muratti es el paradigma de aquellas mujeres que en un ambiente muy diferente al actual trazaron su destino sobre los cimientos de su propia capacidad  muñida de una voluntad de hierro y un espíritu de entrega formidable.


Su ejemplo tiene plena vigencia y merece destacarse para memoria de las generaciones que la sucedieron.


Podemos decir que Elvira nació cuando alboreaba el siglo XX, el 5 de julio de 1903, lo hizo en el seno de una familia modesta que como era habitual hizo del trabajo la herramienta necesaria para abrirse paso en la vida.


En ese hogar formado por inmigrantes venidos de la Dalmacia (Imperio Austro-Húngaro, hoy Croacia) dedicados al comercio de ramos generales, con asiento en la calle Reconquista del muy rosarino barrio de Arroyito, Elvira recibió el ejemplo que sus padres le presentaron y que no dudó en asumir por propia convicción más allá de los estereotipos que por entonces limitaban la vocación de las mujeres.


 Así lo demostró andando el tiempo. Sus inclinaciones intelectuales ya se hicieron evidentes durante la educación secundaria que recibió en el Colegio Comercial de Rosario.


A temprana edad conoció a quién fue el compañero de toda su vida el señor Victorio Grandov, también hijo de inmigrantes paisanos, dedicado a tareas agrícolas.


Se casaron cuando ella contaba 18 años y fueron a radicarse a San Genaro. Por entonces la localidad tenía como principal nexo al ferrocarril, los caminos eran muy regulares, sus habitantes la mayoría inmigrantes o hijos de ellos, estaban dedicados al trabajo del campo y como tales estaban sujetos a los avatares de los alquileres; del precio de sus productos; de los azares meteorológicos; de las plagas de langostas y otros insectos.


En aquellas zonas del interior de la provincia prácticamente no existían servicios; solo había algunas escuelas primarias y la atención de la salud descansaba en la vocación de algunos médicos, con escasos medios a su alcance.


El analfabetismo y las creencias populares, muchas veces reñidas con las correctas prácticas de salud, eran una realidad que condicionaba la vida de la mayoría.


Dice Alberto Maritano, a quién seguimos en los principales trazos de la biografia que tituló “Historia de una Muchacha Rubia” (Rosario, 1964), que la joven Elvira quedó muy impresionada por la realidad que constató en aquella zona de colonos. Ello hizo que comenzara a desandar el camino que ella eligió, al par de formar una familia. En tales circunstancias planteó a su esposo la decisión que había tomado: estudiar para atender a las parturientas alcomprender las dificiles circunstancias que debían enfrentar en tan complejos momentos.


Preservando así sus vidas, las de sus hijos y evitando complicaciones médicas que podían tener graves consecuencias. No fue fácil, pero encontró en la generosidad de su esposo el mayor de los apoyos.


Al precio de saber que debería compartir el vínculo y su familia con sus futuras pacientes, el señor Victorio dio su consentimiento y Elvira emprendió el difícil camino en pos de concretar una carrera universitaria, ruta que pocas mujeres transitaban por entonces.


Su último examen lo dio a fines de 1929, lo que certificó el diploma de “partera nacional” expedido el 8 de febrero de 1930 por la Facultad de Medicina de Rosario, perteneciente la Univ. Nacional del Litoral.


Dos años aquilataba ya de experiencia práctica en su pueblo, pues así lo estipulaban por entonces los planes de estudios. Ello indica que con solo 25 años Elvira asistió a la primera de sus pacientes, de manera que al recibirse ya era respetada y buscada, al par que se la conocía con el respetado apelativo de “Doña Elvira”.


Fueron 40 años de servicios que excedieron en mucho la asistencia a los partos, se extendieron a la educación sanitaria; a la enseñanza de la crianza de niños; a la protección de sus pacientes contra la muy extendida violencia de género; al oportuno consejo familiar; al combate contra la ignorancia y supersticiones hondamente arraigadas.


En su condición de primera mujer con diploma universitario en 100 km. a la redonda Elvira debió superar muchas resistencias propias de una sociedad tan estratificada.


También tuvo que enfrentar el recelo, cuando no la maledicencia de algunas comadronas que veían en la joven profesional una competidora de importancia.


Fueron cuatro décadas de compartir frío, calor, barro, pésimos caminos, falta de insumos médicos y hasta el hambre en compañía de sus pacientes a las que velabasus sueños de madres en aquellos partos que a veces se prolongaban por larguísimas horas.


En ocasiones, los pedidos de sus servicios la arrancaban de su lecho de enferma.


Los malos caminos y las inclemencias climáticas extendía las ausencias del hogar por dos o tres días pero, tanto su esposo como sus hijos, siempre tuvieron en claro que su generoso desempeño profesional se sostenía gracias al amor de familia. Por si fuera poco mantenía, anexo a su casa, un pequeño internado para sus pacientes que le llegaban de chacras alejadas.


Las numerosas anécdotas de la vida de Doña Elvira a las que pudimos acceder testifican que se prodigó por igual a pudientes y pobres, pero que tuvo por predilectas a estas últimas a las que asistía y acompañaba más allá de su deber profesional.


Esto ocurrió aún cuando fuera necesario asistir un parte en una carpa de circo o en un carromato de gitanos, un grupo social muy estigmatizado por entonces.


De esta actividad surgió un vínculo que derivó en sincera amistad con la mayoría de sus pacientes.


Su médico de referencia, el Dr. Juan Lazarte, no necesita presentación para los rosarinos. Esta destacada personalidad acompañó el desarrollo profesional de Elvira contándola como su colaboradora más eficiente; a él recurría cuando los conocimientos del médico resultaban necesarios para asistir a una paciente. La preocupación de ambos por lo social resultó evidente.


Suele decirse que la calidad de un árbol se mide por su sombra, las hábiles manos y la afectuosidad de Elvira atendieron más de 2.500 partos. También se ha dicho que “por los frutos se conoce la valía de una tierra”; la vida bendijo a Elvira y a Victorio con dos hijos y mucho tiempo después con una hija. El primero llegó a ser un docente universitario y médico destacado, a tal punto que mereció de sus pares el título honorífico de "maestro de la Medicina Forense".


El segundo se graduó en la Facultad de Humanidades (Rosario) y se singularizó como docente y literato. La tercera fue docente y madre de seis hijos.


Doña Elvira fue un miembro activo del quehacer comunitario. Una de sus mayores alegrías fue conseguir, en unión de muchos otros vecinos, que se estableciera en San Genaro el colegio de Ciclo Básico, logrando que los jóvenes pudieran continuar sus estudios secundarios en la localidad.
Según nos sigue contando Alberto Maritano, cuando Doña Elvira cumplió cinco lustros de actuación profesional recibió el homenaje de todo su pueblo.


En el caso de Elvira Muratti y atento a la época, su accionar tiene especial valor por su condición de mujer.


La selección de la arteria que llevará el nombre de “Elvira Muratti de Grandov” se fundamenta en su conformación física.

 

 


 

 

 

Bibliografía:
Información extraída de la Ordenanza Nº 9.245 de julio 2014.

Muratti de Grandov Elvira. Calle. Topografía:
Corre de N. a S. a la altura de  Gurruchaga 100.
Se le impuso ese nombre por Ordenanza Nº 9.245 de 2014.
Recuerda a la consagrada partera y luego neonatóloga Elvira Muratti de Grandov.