La campaña libertadora era un asunto muy serio y San Martín quería tener los mejores hombres a su alrededor, Necesitaba jóvenes intrépidos, y a la vez disciplinados.
El gran Capitán era consciente de la importancia que tendría la disciplina militar en una campaña de largo aliento y, sobre todo, en un metro cuadrado de un campo de batalla.
Esa tarea resultaba muy compleja porque los oficiales más bravos no eran carmelitas descalzas. Soldados que tenían temperamentos no fáciles de manejar y si se les aparecía un jefe débil ( que los hubo) selo comían crudo y sin aderezos.
Lavalle, Dorrego, Aldao, Pedro Ramos. Los Olazábal, Brandsen, Isidoro Suárez y Necochea son apenas algunos nombres de esa corajuda oficialidad que rodeaba al Libertador. Eran leones dentro del campo de batalla e igual fuera del mismo.
Es el turno de hablar de otro valentón del grupo: José Antonio Melián.
Nació en 1784, cuando Buenos Aires por entonces era capital del Virreinato del Río de la Plata.
Ingresó al ejército virreinal poco después del año 1800.
Con solo 22 años al producirse la primera de las Invasiones inglesas combatió en Barracas contra los invasores.
Más tarde participaría en la Reconquista de Buenos Aires combatiendo al año siguiente en las filas de los Húsares de Pueyrredón en la Defensa contra la segunda invasión.
Por méritos de guerra fue ascendido a capitán por el virrey Liniers.
Formó parte de los grupos del pueblo adherentes a la Revolución, como French, Beruti, Guido, el hermano de Vieytes y otros más agitados por la carencia de información fidedigna de los hechos que ocurrían en la Península.
Más su acción revolucionaria, no apareció hasta fines de 1810,cuando se incorporó a la Expedición Libertadora al Paraguay, dirigida por Manuel Belgrano y tuvo una actuación destacada en las batallas de Paraguarí y Tacuarí.
Convocado para mandar un escuadrón en 1815 del exquisito Regimiento a Caballos, marchó a Mendoza a colaborar en la preparación de la gran campaña.
A poco de llegar, se tranzó en duelo con Manuel de Olazábal usando su costumbre muy criolla, aprendida en su niñez, en la estancia de los Correa, su familia materna.
Esa costumbre era la de despreciar los estribos, que consistía en trepar al caballo de un salto, cruzando los estribos en la cruz del animal para que no lo estorbaran y galopaba en forma desaforada.
San Martín no aprobaba esta conducta y lo reprendió en forma tajante el día que Melián partía con su escuadrón nada menos que para hacer el reconocimiento de la cuesta del Chacabuco. Le anunció que al regresar debía cumplir un arresto de quince días.
En tal combate fue tan grande su audacia y bravura que el Libertador no sólo le levantó el arresto sino que le regaló los que él mismo había usado en 1808, cuando integró las filas españolas en la batalla de Bailén.”
Después participó en la campaña del sur de Chile, destacándose en Curapaligüe y logrando el ascenso al grado de coronel.
En la batalla de Cancha Rayada se distinguió entre los jefes, que más número de tropas salvaron del desastre. Combatió en la batalla de Maipú, asombrando a sus compañeros al atacar alternativamente y con igual éxito tanto a la caballería como a la infantería enemiga, usando de la manera correcta, los estribos de San Martín.
Pidió y obtuvo la baja por razones de salud en 1818, viviendo en Chile por más de tres décadas, dedicado a tareas agrícolas.
Volvió en 1849 a Buenos Aires, donde el gobernador Juan Manuel de Rosas le otorgó el retiro militar con derecho a sueldo pleno, y consrvando el grado de coronel.
Más tarde ocupó por corto tiempo la comandancia de San Nicolás de los Arroyos, antes de pasar definitivamente a retiro.
Falleció en diciembre de 1857 en la ciudad que lo vio nacer.
