LAFLOR LUIS (1833 – 1885)

La unión entre los pueblos  de la campaña  estaba dada por el servicio que a ella prestaban las carretas, las cuales podían cargar entre 3500 y 4500 kilos, según el volumen de la misma.


Estaban compuestas por varias partes, entre ellas la cimbra, la cumbrera, el buche, el pértigo, el asiento carretero, la caja, la culata, la llanta, lo rayos de la llanta, el yugo, la coyunda, el cubo y la picana. Respecto a la picana, ésta servía para azuzar a los bueyes; podían llegar a medir entre 5 y 6 metros de longitud.


Las carretas eran tiradas a bueyes, es decir, a tracción a sangre, y las rutas que frecuentaban recibieron, con los años, el mote de ‘rastrilladas’.


El trayecto de las carretas se hacía, principalmente, por caminos de postas ubicadas entre 15 y 20 kilómetros de distancia entre sí. El Camino Real (hoy, avenida Rivadavia en el tramo que hace en Capital Federal y algunos sectores del Gran Buenos Aires) fue, por decirlo de modo alguno, el ejemplo más cabal de una ruta por donde transitaban las carretas, si bien no fueron éstas las únicas que lo transitaban, desde luego.


Félix Coluccio en su completo Diccionario Folklórico Argentino (Librería “El Ateneo”, 1950), nos ayuda a mejor comprender este antiguo medio de transporte. Dice que las carretas, por lo general, eran tiradas por bueyes, y que tenían por finalidad “llevar los productos de una región a otra”, ampliando su funcionalidad, pues servía tanto para el transporte de alimentos, bebidas y ropajes como para el de pasajeros en razón, esto último, de que “era el único medio de comunicación disponible”.

Las tribus indígenas dominaban sesenta y cinco mil leguas del territorio, encima de la línea de fortines que trataban de preservar a las poblaciones civilizadas que periódicamente caían sobre ellas para arrear con haciendas, víveres y cautivas.

Lo mismo ocurría con el asedio a las carretas.


Bien los describió Martín Fierro en sus embestidas: "Tiemblan las carnes al verlo / volando al viento la cerda / la rienda en la mano izquierda / y la lanza en la derecha, /ande endereza abre la brecha/ pues no hay lanzazo que pierda" (Canto III.).

 

Sobre las características de aquellas lides dice el poema: "Es guerra cruel la del indio / porque viene como fiera/ Debe atarse bien la faja / quien a aguardarlo se atreva". Y sobre las depredaciones que causaban, dice Fierro: ... y cuando se iban los indios 7 con lo que habían manotiao" / salíamos muy apuraos 7 a perseguirlos de atrás, / si no se llevaban más / es porque no habían hallao" ( Canto III).

 

Las carretas eran tiradas a bueyes, es decir, a tracción a sangre, y las rutas que frecuentaban recibieron, con los años, el mote de ‘rastrilladas’. El trayecto de las carretas se hacía, principalmente, por caminos de postas ubicadas entre 15 y 20 kilómetros de distancia entre sí. El Camino Real (hoy, avenida Rivadavia en el tramo que hace en Capital Federal y algunos sectores del Gran Buenos Aires) fue, por decirlo de modo alguno, el ejemplo más cabal de una ruta por donde transitaban las carretas, si bien no fueron éstas las únicas que lo transitaban, desde luego.

Félix Coluccio en su completo Diccionario Folklórico Argentino (Librería “El Ateneo”, 1950), nos ayuda a mejor comprender este antiguo medio de transporte. Dice que las carretas, por lo general, eran tiradas por bueyes, y que tenían por finalidad “llevar los productos de una región a otra”, ampliando su funcionalidad, pues servía tanto para el transporte de alimentos, bebidas y ropajes como para el de pasajeros en razón, esto último, de que “era el único medio de comunicación disponible”.


En 1868,  Luis  Laflor dispuesto a vencer adversidades y peligros, estableció un servicio permanente de diligencias entre Rosario y el cantón de Melincué - recorriendo desde el N.O. al N. E. la laguna - más otros parajes del S. O. del antiguo departamento Rosario, - acota Mikielievich -.

Fue Laflor un hombre con espíritu de empresa también estableció en Rosario un servicio de carruajes para traslado de personas a los baños del Saladillo con salida y regreso a las 5 de la mañana y regreso a las 17 horas. "Los baños de agua salada convienen tanto a sanos como enfermos " afirmaba el diario La Capital en su edición del 1° de febrero de 1877.

Le sobraban audacia y cálculo, más generosidad y grandeza pues donó al pueblo de San Pedro del Sauce, por donde pasaban las diligencias, una imagen de Nuestra Señora del Carmen para que fuese entronizada en la iglesia parroquial, acción que hizo que tal núcleo poblacional recibiera el nuevo nombre de Carmen del Sauce.

Más Luis Laflor tan feroz como el indio, con sapiencia y arrojo pactó con Calfucurá la entrega de 30 mil pesos a cambio de la liberación de su hija y su cuñada raptada en uno de los ataques de sus huestes.


Para prevenir nuevas invasiones hizo construir una torre de observación en el llano ubicado al N.E. de la laguna de Melincué, que a los pocos años, el coronel Genaro Racedo trazaría la planta urbana del nuevo cantón de Melincué.


En 1944 tal fundación sería declarada monumento Nacional por Decreto 26.250 de conformidad con la Ley del P. E. 12. 665.

Don Luis Laflor había nacido en el pueblo de Lavagna, Liguria, Italia en 1833 y a los treinta años decidió convertirse en un viajero forzoso hacia América con vocación de inversionista para el logro de una vida mejor.


Dicen los cronistas que falleció en Rosario en 1885 y que su hija que rescatara al cacique Calfucurá habíase casado con Juan Razzori, constructor del Mercado Norte.

 

 

 

 

Bibliografía:
De Marco Miguel, Ensinck Oscar: “Historia de Rosario”.

Laflor. Calle. Topografía:
Corre de E. a O. desde 8500 hasta 8899, a la altura de Nochetto al 600.
Se le impuso ese nombre por D. 4673 del 16 de setiembre de 1977.
Recuerda al empresario Luis Laflor (1833 – 1885) que estableciera una línea de mensajerías que unía Rosario con Melincué.