Un ámbito de renovación se vivió en todo el decenio 1961 -1970. A tal aspiración no fue ajena la Iglesia Católica Romana, que en 1961 convocó al Concilio Vaticano II (el primero databa de 1869 -1870, el que confirmó el dogma de la infalibilidad papal), magna asamblea de obispos católicos de todo el mundo que tendría a su cargo el aggiornamiento de la milenaria institución.
Juan XXIII, el pontífice que sucedió a pío XII, comprendió que la Iglesia debía responder a los desafíos de la sociedad moderna. Su imagen paternal y renovadora, ampliamente promocionada por la prensa mundial, se popularizó hasta ganarse el apodo de “El Papa Bueno”.
Su encíclica más famosa Mater et Magistra, dirigida en 1961 “a todos los hombres de buena voluntad, sirvió de prólogo a las sesiones del Concilio que se prolongaron aún después de su fallecimiento en 1963.
El catolicismo no podía quedar al margen de los problemas tales como la indiferencia religiosa de los habitantes de los países con mayoría católica, la acción social mal entendida como la acción preferencial por los pobres y la relación con los demás credos.
Apuntaba a formar, después del Concilio, un clero en el que coexistirían inevitablemente progresistas y conservadores, “pos –conciliares” que gustosamente tanto la adaptación de la liturgia a los idiomas nacionales como el nuevo lenguaje con que se abordaban los temas sociales.
Según su propio testimonio, con fecha setiembre de 1962, pocos días después de la inauguración de la primera sesión del Concilio Vaticano II expresó Juan XXIII “Cuando me ordené sacerdote, los sacerdotes dábamos la misa en latín y de espaldas al pueblo. Los jóvenes que participan hoy con cantos y guitarras en un rito que comprenden ¿ vislumbran la magnitud de los cambios?
El Concilio hizo mucho más que cambiar los ritos. Oficializó la puesta al día que se venía operando en la Iglesia en la manera de concebir su relación con el mundo de la posguerra.
La vuelta a las fuentes evangélicas y a los orígenes nos permitió redescubrir que la Iglesia no es una organización burocrática, sino el misterio de la presencia salvadora de Dos en la historia de los hombres.
…El Concilio no sólo aireó la vida interna de la Iglesia, abrió también una ventana al mundo, a los cristianos no católicos, a los judíos, a los hombres de buena voluntad…
El concepto central que presidió esa apertura fue el de la libertad religiosa, reconocida por fin como exigencia de la dignidad del hombre y de la fe cristiana.
El diálogo reemplazó al anatema en la búsqueda de la unidad de los cristianos. Venciendo fuertes resistencias, se sentaron las bases para una relación fraternal con los judíos. Pero quizá ningún documento tuvo tanto impacto como el referido a las relaciones de la Iglesia con el mundo contemporáneo. El hombre y sus problemas pasaron a ocupar el centro de las preocupaciones.
El Concilio participó del optimismo de los sacerdotes de la primera mitad de la década del 60, pero a la exaltación primera sucedió para muchos una crisis de identidad y muchos curas jóvenes abandonaron el ministerio. No todo fue color de rosa para la institución. Pero gracias a la encíclica “Humanae Vitae” del año 1968, se acomodó se acomodó el rostro secular de la Iglesia.
Expresa Rafael Braun:”Me siento cómodo en una Iglesia que busca reconciliar el evangelio y la cultura, la libertad y la participación el amor y la justicia. Y por sobre todas las cosas procura ser un signo más transparente del amor de Dios a los hombres manifestado en la persona de Jesucristo.”