Jorge isaias. el café en américa

EL CAFÉ EN AMERICA.
 Al respecto Guadalupe Palacio de Gómez, antes de hablar sobre el  placer para el cuerpo y el espíritu de esta bebida, “recuerda al  poeta santafesino Jorge Isaías, en cuyos textos los cafés aparecen como escondite, oficina, punto de encuentro o trabajo, y explica “que la función simbólica de estos espacios/bares tiene que ver con la necesidad de escapar de una masa anónima: “la musa inspiradora es tal vez otra manera de nombrar esa sensualidad colectiva que el bar posee: ese estar entre muchos”.


No importa  en qué ciudad  o país  uno viva  o este de paseo, siempre hay una taza de café esperándonos  en un rincón  para reconfortar  el cuerpo y el espíritu.
El pocillo  es un lugar de encuentros y desencuentros, de alegrías, de amores, no sé si efímeros o principios de un largo camino a recorrer.


¡Qué sería de la pausa de los rosarinos si no existiera  un café en cada esquina donde se mueve el comercio y el mercado de la ciudad, aunque tampoco falta un café en los barrios alejados dentro del tejido  urbano!.


El origen de este elixir está más unido a la leyenda que a la historia y no sería  de otra manera, porque América en una tierra rica y productora  de  una variada multiplicidad de frutos, misteriosa, donde confluyen casualidad magia, genios y adivinos que aportaron por igual darle vida al brebaje.


No es hijo de América. Se cree que es originario de Colombia, pero no es así, porque tiene alrededor de 300 años de historia desde que los jesuitas lo trajeron en el siglo XVIII. En el año 1835 Colombia exportaba los primeros sacos producidos en la zona oriental, desde la aduana de Cúcuta.


Cuenta una leyenda que el aumento de producción de café en Colombia fue gracias al sacerdote jesuita Francisco Romero en un pueblo de Norte de Santander llamado Salazar de las Palmas.


Cuando sus fieles se confesaban, el sacerdote les imponía como penitencia para redimir sus culpas, sembrar café. Gracias a esto se dice que la producción de café empezó a expandirse a otros departamentos y para 1850 había llegado a Cundinamarca, Antioquia y Caldas.


Para finales del siglo XIX la producción había pasado de 60.000 sacos a más 600.000 -aclarando que la mayor parte de esta producción era de las fincas de grandes hacendados- y para finales del siglo XIX el café ya era el principal producto de exportación por el que Colombia recibía divisas.


 Múltiples exposiciones tuvieron como eje historias de boliches famosos y legendarios del siglo XVIII, relatos sobre costumbres de dueños y parroquianos y evocaciones de mostradores, botellas y mobiliario en general. Además hubo reflexiones sobre roles ineludibles como el mozo y el papel de la mujer en la evolución de los bares. Tampoco faltó la mitología sobre las vivencias alrededor de sus mesas, pródigas en afectos, amores y negocios. Además, hubo una mirada sobre la actualidad de estos míticos sitios.


CAFÉS DE ROSARIO SIGLO XIX
Para ello repetiré el concepto del origen sobre el uso del café en nuestra ciudad:
 Las profesoras de historia Ana Laura Bizzi y Belén Haure explicaron cómo eran percibidas las mujeres (malas e indeseables a fines del siglo XIX que trabajaban en el burlesque de los bares rosarinos de Pichincha.


Por su parte, Enzo Burgos evocó el Café Sol de Mayo, en Corrientes y Pellegrini, donde actuaron los Buono Striano y Agustín Magaldi, entre otros. Al lugar iban “todas las clases sociales”, había juego fuerte y personajes como Pelito, herrero y cafiolo, quien murió en el lugar por un disparo antes de que pudiera sacar su cuchillo.


Linterna mágica. Según narró Eduardo Sánchez, durante el siglo XIX en los cafés se presentaban ilusionistas, linternistas mágicos y de fantasmagorías, títeres y fantoches parlantes. Además, pinturas sobre placas de vidrio mostraban monumentos de Europa, batallas, corridas de toros y hasta la famosa fuga de Camila O’ Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez. En las invitaciones se aclaraba que las salas estarían “muy aseadas y frescas” y que había lugar separado para la “gente decente”.


Entre esos bares, los diarios anunciaban el Café de París, (siglo XIX) en calle del Puerto, (Hoy calle San Martín) “digno de la cultura y el progreso de Rosario” y el Café de Peyrano, donde en 1868 se recibían donaciones “a favor de dos niños cautivos de 10 y 4 años, arrebatados de su hogar por los aborígenes”. Además del “muy bien instalado” café Arispe, sobre calle Córdoba, que en 1887 fue criticado por dejar jugar al billar en mangas de camisa. “Rogamos al propietario suprimir eso”, escribió El Ferrocarril el 20 de enero de 1867.


En 1891, los diarios hablaban del “espectáculo misterioso de fantasmas en el Café Español”. Musa y poesía. “Los bares son espacios que suelen relacionarse con la bohemia y la tertulia literaria”, dijeron las historiadoras Ana Bugiolacchi y Florencia Giménez, de la Universidad Nacional de Rosario


Transformaciones. La antropóloga Hilda Capitano presentó una investigación sobre el devenir de dos bares/fonda de la zona norte.


Uno en avenida Génova al 2000, gran salón de persianas metálicas que pasó a funcionar como escuela de un maestro español, Simón Don, donde se usaba la palmeta (varilla con la que se aleccionaba a los alumnos) y después como teatro en 1939 para culminar como hotel y almacén de ramos generales, frecuentado “por gente de paso que iban o volvían de la cosecha”.


Otros bares de Rosario, entre la historia y el mito:
La temática fue el eje central de una jornada que congregó a historiadores barriales. Relatos y anécdotas de espacios relacionados con la bohemia y la tertulia.
Entre los bares que fueron tótems del barrio Echesortu, abierto desde 1920, tenía todos los condimentos de un bar clásico, de habitués (por lo general hombres): mesas de billar, casín, cartas, cerveza, rockola, vermut y café fue el “Café Bar La Capilla”.


En la fachada, arriba, sobre la cornisa, los típicos carteles de chapas que tanto nos gustan y que rezaban  su nombre rodeado por vivos verdes y en el costado derecho el logo de 7 Up (como tenía El Cairo antes de su remodelación)…¡Qué espectacular un viaje al clasicismo de los bares!


El “Café Bar La Capilla” existía en los ventanales, desde donde los parroquianos dominaban tanto Mendoza como el Bulevar Avellaneda, la pintada con el logo de Quilmes.


Sobre sus baldosas calcáreas, sus sillas, mesas y la larga barra de madera, la clientela ya se sentía dueña del negocio. Para ellos La Capilla era tan propia como el trole, siempre enganchado a los cables por calle Mendoza.


Ubicado en el punto de referencia de Echesortu, dice el historiador Nicolás De Vita, que este bar, nacido a la sombra del campanario de la iglesia San Francisco Solano,  “fue epicentro de toda actividad ciudadana, un pequeño foro romano (…) una ciudad pequeña metida en la gran ciudad”.
Cuenta Rafael Ielpi, que desde la terraza del Café, Bar y Casín La Capilla -su nombre original- se “anunciaban los inicios de los bailes de máscaras del Carnaval, mientras abajo las comparsas se adueñaban de la calle”. Y también que en esa esquina, “en 1961 se realizó el acto inaugural de la nueva línea de trolebuses K”. Pedazo de esquina, ¿eh?


Por ese rasgo que adquieren las cosas que pasan a ser baluartes, es que la gente en la zona sintió un vacío en el pecho cuando su último dueño, Roberto Nakamatsu, allá por abril de 2009, avisó que el bar cerraba sus puertas.


Fueron días de congoja e intentos de que el fin no suceda… pero sucedió. El último día el bar se llenó, como hacía rato no sucedía. Una señora cantó un tango de despedida, y atrás de ella otros siguieron tangueando.


Por suerte hoy sigue en pie otro bar en esa esquina. Aún con notables diferencias, Roma mantiene prendida la cafetera que calienta esa parte de Echesortu.
Otro bar emblemático de nuestra ciudad:
Sorocabana es un cartel rosarino con sabor a café.  El cartel, testigo silencioso, vio instalarse allí, una juguetería, un quiosco y un local de venta de teléfonos celulares. Pero él sigue allí, enhiesto, orgulloso, insobornable, cuidando la memoria de un tiempo añorado, de pocillos y charlas al paso, sin tiempo.


El  café Sorocabana  sobre  calle Córdoba al 1000, nacido en 1940, que brilló durante décadas al lado del Banco Nación, era una parada obligada para los rosarinos en una jornada laboral o de trámites intensa. Antes o después de hacer cola en el banco siempre había espacio para un café reparador que atemperaba los fastidios de la burocracia.


Con pocas mesas y un gran mostrador circular, el Sorocabana funcionó durante 77 años y se convirtió en un punto de referencia del centro de la ciudad, hasta hoy. Todavía cuelga el cartel con letras verticales enormes que se mezcla con el cielo.


Relatados y disfrutados como pocos espacios de la ciudad, en la alegría o en la nostalgia, los bares siguen siendo el refugio imprescindible de todos los tiempos.

 

La expuesta en el texto

Topografia

Carece de designacion oficial.