JENNER EDUARDO (1749 –(1823)

Cuando murió en 1623, Eduardo Jennner era una figura conocida internacionalmente.

Los gobiernos de Gran Bretaña y de la India le  habían concedido privilegios, en recompensa por sus trabajos; la universidad de Oxford le había nombrado ”Doctor honoris causa” y su nombre era conocido en Europa, América y Asia. Sin embargo Jenner gran parte de su vida hubo  vivido en el anonimato.

Nació en el pueblo de Berkeley, condado de Gloucester, Inglaterra, el 17 de mayo de 1749. Hijo de un pastor de distrito, creció modestamente.

Al cursar sus primeros estudios  en Woottonunder – Edge y en Cirencestar, demostraría el niño gran interés por la geología y ornotología. Evidenció ante sus maestros, espíritu curioso y dotes de observador de la naturaleza, que habían de serle muy útiles.

Jenner se decidió por la carrera  de la medicina, y comenzó como aprendiz  de un cirujano en Sodbury, cerca de Bristol. Tres años más tarde se trasladó a Londres, donde su nuevo maestro sería el famoso cirujano del siglo XVIII, John Hunter, quien animó a Jenner a profundizar tanto en ciencias médicas como naturales, más la cuestión que perturbaba a Jenner era la manera de evitar las erupciones de la viruela.

Mal considerado por esa época , un azote de la humanidad. Epidemias periódicas  eran causa de muerte  de miles de personas.

En el condado de Gloucester existía una tradición, según la cual, las personas que habían sufrido de la viruela de origen animal – enfermedad leve y sin peligro – no contraían la viruela fatal. Abundaban los casos y Jenner los estudiaría.

Aunque músico y poeta y muy apreciado en sociedad, a Jenner no le gustaba la vida ciudadana, más le atraía el verde de la campiña.

En 1773, regresó a su terruño para practicar la medicina. Animado por su gran maestro volvió a las investigaciones sobre ambas viruelas, la leve y la mortal, comenzando en 1775 a documentarse sobre los casos que se producían.

Eran muy pocos  los casos de viruela leve, hasta que en 1796, reapareció   en una familia de aldeanos del lugar, el científico prontamente tomó una muestra en  la supuración de una llaga en la mano de una empleada de granja, que había sido contaminada por una vaca lechera de  su patrón y la inyectó en el brazo de un niño de buena salud, de 8 años, James Phipps – convirtiéndolo sin proponérselo,  en el primer inoculado del mundo -
Al séptimo día, el muchacho día se quejó de comezón en las axilas y al noveno se encontró visiblemente mal, estado febril,  pérdida  del apetito y una ligera migraña, con gran preocupación de suyos y extraños. Más al día siguiente su cuerpo reaccionaría, con ningún efecto perceptible de enfermedad.

Dos meses después Jenner efectuaría el experimento crucial para determinar si por la inoculación el joven estaba libre de contagio y otra vez le   Inyectaría  viruela virulenta.

El científico corría un verdadero desafío a la vida, pues podría tener un final fatal, más no fue así logró  un verdadero éxito al no contraer “su conejito de Indias”  nunca más la enfermedad.

Rápidamente su descubrimiento corrió como reguero de pólvora convirtiéndolo en un hombre célebre en el mundo entero.

Los honores llovieron sobre él, pero con su desdén característico para la fama y la fortuna y como  hombre de bajo perfil, volvió a su humilde puesto de médico rural en Berkeley.

 

Bibliografía:
Universitas Enciclopedia Cultural Salvat Editores. Barcelona, 1969.

Jenner. Cortada. Topografía:
Corre de N. a S. entre la calle Mercante Y Bv. Rondeau.desde 100 hasta 799 a la altura de Sorrento 500; Triunvirato 500.
Carece de designación oficial.
Recuerda al médico inglés Eduardo Jenner (1749 – 1823) descubridor de la vacuna antivariólica.