HUMAITÁ

Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires (2 de enero de 1868) por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867-68. 


Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, hizo  que el gabinete desempeñara  sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial,  pero Brasil quería apresurar la conclusión de la Guerra de la Triple Alianza.


Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe.  Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.


La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires. 


Sin el general en jefe todo resultaría fácil.  El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá y el  24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya.


 Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco.  Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada. 


En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzaron el río Paraguay, y por el Chaco tomaronn rumbo norte: en Monte Lindo volvieron  a atravesar el río y acamparon n finalmente en San Fernando. 


Esa operación resultó un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo.  Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.


El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado. 


Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto.  El julio recibió la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no podían transportarse.


 Pero el impaciente mariscal Osorio quiso darse la satisfacción de tomarla por las armas y atacó con 8.000 soldados.  Martínez hizo en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo dejó acercar hasta las primeras líneas y allí lo envolvió  en la metralla de su fuego de artillería.


 Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada.
 Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya.  Pero más afortunado que Mitre, Osorio dio a tiempo la orden de retirada y consiguió  salvar gran parte de sus efectivos.  Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio.


 El 23 a la noche, Martínez hizo salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres.  El 24 al amanecer los brasileños izaron n la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí. 


No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco.  Los heroicos defensores de la fortaleza debieron  sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; iban por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra.


 Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años. 


Finalmente la diezmada guarnición quedó encerrada en Isla Poi; logrando resistir durante diez días más  debió  rendirse agobiada por el hambre y el número.  Se rindieron  así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra.


 Conmovido, el general Gelly y Obes, hizo desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”.  Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.


Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” como dice Bray, “es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple.  Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa.  Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.” Asevera el historiador Bray.

 

Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta.  Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos.  Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros”.

 
No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente.  Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.

Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia.  Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra.


 Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. 

 

Bibliografía:

Bray, Arturo – Solano López Soldado de la Gloria y el Infortunio, Asunción  (1984)

Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Buenos Aires (1985).

 

Humaitá. Pasaje.Topografía:

Corre  de E. a O. desde 2400 hasta 2599, a la altura de Ocampo 3500.

Se le impuso ese nombre por D. 21705 del año 1958.

Recuerda a la batalla donde lucharon valerosamente las fuerzas paraguayas pese a la derrota.