FALUCHO

La colonización de América necesitaba brazos fuertes. Contra la explotación despiadada de los indios alzó su protesta fray  Bartolomé de las Casas, lo cual derivó  a otro arbitrio tan vergonzoso como injusto: la esclavitud.


Muchos millones de negros capturados en las selvas de Senegal, Costa de Oro, , Guinea , el Congo y Angola, fueron trasladados y vendidos como bestias venían a América  por compañías portuguesas, francesas e inglesas que se dedicaban a ese execrable tráfico.


Este sistema represivo, con algunas diferencias de grado e intensidad era aplicado en las colonias de América Central a los negros que trabajaban en las plantaciones de caña de azúcar, café y algodón.


En cambio en  nuestro país, tanto en tiempos del virreinato como  en las primeras décadas del siglo XIX,  militares como políticos o caudillos solían contar con un ayudante o asistente de color  a su servicio. Se trataba de gente ideal para esas faenas menores. Muchos de estos humildes servidores convivían habitaban en  la residencia  del propietario,  donde eran tratados con respeto y justicia.


Asevera María Sáenz Quesada: “A la negritud siempre se recordó aunque sólo fuera una nota de color su participación en  las guerras de la independencia como la infantería del ejército patriota (los libertos de Cuyo tan elogiados por San Martín), pero el olvido se fue imponiendo en la medida en que la prohibición de la trata de  negros por los gobiernos patrios cortó la inmigración forzosa y dejó a los afroargentinos  sin nuevos aportes de sangre. La consecuencia fue un intenso proceso de mestizaje”.


También hubo hombres de color  en las fuerzas de  las campañas libertadoras, destacándose como discretos, ingeniosos, corteses y también muy valerosos.


Los versos de La Lira Argentina (publicada en la década  de 1820) no mencionan a estos bravos morenos y para la época de Rosas se les da un mero valor decorativo. Está también  la historia del negro falucho divulgada por mitre que “pretende  asumir la representación  histórica de toda la raza de color”.


¡Cuántas acciones de ellos han quedado en el humo de las batallas y sepultadas en el polvo de los archivos!


Multitud de hechos magnánimos y generosos yacen envueltos en el olvido, Son los héroes desconocidos  de la historia.


Agrega María Sáenz Quesada: Después de 1983, la renovación  de los estudios de historia social en las universidades argentinas asignó un lugar de relevancia al tema.


Falucho o Antonio Ruiz, oriundo de Buenos Aires, habiendo sido liberto, tomó del vecino - al cual servía y de quién era depositario de sus secretos y confidencias -   su nombre y apellido.


El apodo le fue dado por sus camaradas a causa del especial cuidado que le consagraba a su gorro del cuartel denominado  ”Falucho” – acotan Beccar Varela y Enrique Udaondo.


Su espíritu aventurero lo llevó tempranamente  a ingresar al ejército en 1813, como soldado del batallón fijo “De la libertad”. Muy joven y pese a su tez morena era respetado por sus compañeros de cuerpo. Hubo participado en combates como Vilcapujio y Ayohuma, después Chacabuco, Maipú más en la campaña al Perú emprendida por San Martín. 


Sintió la fidelidad  a sus jefes y a la causa emancipadora como un mandato de vida y su última acción se desarrolló en el Torreón del Real Felipe del Callao, donde hacía de centinela.


Recién había amanecido el 5 de febrero de 1824, cuando  los jefes y oficiales encerrados en los calabozos de las casamatas españolas, oían  desde su prisión los lamentos y los gritos de Falucho, al mismo tiempo que la descarga que le quitaba la vida y la salva de artillería que saludaba la ascensión de la bandera hispánica en todos los castillos.


Estaba en  el asta donde Falucho había visto flamear el pabellón argentino y  p profundamente acongojado  se arrojó al suelo llorando amargamente.


Los jefes hispánicos de inmediato, le ordenaron presentar su arma al pabellón del Rey, a lo que  él replicó negativamente: “Yo no puedo hacer honores a la bandera contra la que he peleado siempre”. (Había  combatido durante 14 años). Le enrostraron la palabra “revolucionario”- “Malo es ser revolucionario pero peor es ser traidor” mientras quebraba su fusil contra el asta del pabellón de la explanada.


Había llegado su fin: lo hicieron arrodillar en la muralla que daba al mar y cuatro tiradores le dispararon a quemarropa al pecho y la cabeza, más antes llegó a exclamar: ¡Viva Buenos Aires!  Queriendo significar ¡Viva la Patria!


Salpicada con su sangre la bandera española sería enseguida enarbolada.


Mientras tanto, los respiraderos,  dejaban penetrar los ruidos pavorosos del torreón, cuando el terror cundió entre  los prisioneros al ver que una línea azulada  de  fuego se propagaba con rapidez por el suelo hacia la puerta del depósito de mixtos de guerra.


Algunos, con más presencia de espíritu, se arrojaron con sus cuerpos y ropas  sobre el fuego para apagarlo, llamando la atención de los que se hallaban en cubierta.


En medio del desorden los jefes enemigos desataron una lluvia de balas por las ventanillas del calabozo.  Todo contribuía a apocar los ánimos y a destemplar la varonil energía que tanto necesitaban para afrontar con dignidad tal desgracia.


 Al fin pudieron hacer comprender a la guardia que sucedía.


 El ejército realista, por temor a una sublevación mayor, después de más de 40  días de riguroso carcelaje y de miseria, decidió que los 160 entre jefes y oficiales sobrevivientes, fueran  sacados de sus calabozos. La transición violenta de la oscuridad a la luz del día deslumbró a muchísimos patriotas que por largo rato creyeron haber enceguecido.


Divididos en dos grupos  se les  entregó al general Monet, que con su división debía custodiarlos hasta el valle del Xauxa, para pasarlos de allí a la isla de los Prisioneros, situada en el lago Titicaca, reclusión que podría compararse con la actual prisión de Guantánamo.


 El héroe del Callao,  no tiene sepulcro ni placas recordatorias para brillar entre los grandes de la Patria.


Su estatua se ubicó en el barrio de Palermo, Capital Federal, que había estado bajo la advocación  de San Benito, patrono de los morenos.

 

 

Bibliografía:
La expuesta en el texto.
Beccar Varela y Enrique Udaondo  en “Plazas y calles de Buenos Aires”. Buenos Aires. 1910.

Falucho. Cortada. Topografía:
Corre de N. a S. desde 200 Bis hasta 300Bis, a la altura de Vélez Sarfield 500.
Se le impuso ese nombre por Ord. 3 del año 1905.
Recuerda a Antonio Ruiz, más conocido por  Falucho,  heroico soldado de color que se negó a tributarle honores a la bandera realista enarbolada en El Callao.