CEPEDA

Segunda  Batalla de Cepeda  librada el 23 de octubre de 1853.


La batalla de Caseros, en 1852, había clausurado la época de los caudillos en la Argentina, pero no los enfrentamientos entre unitarios y federales.


Durante la presidencia de Justo José de Urquiza  - el vencedor de Caseros - el país quedó dividido en dos.


Los unitarios de la provincia de Buenos Aires se negaron a apoyar la política de las demás provincias, tendientes a organizar el país a través de una Constitución federal.


De modo que a partir del 11 de septiembre de 1852, Buenos Aires se separó de hecho de la Confederación Argentina, obrando en todo como un Estado independiente y no participó en la sanción de la Constitución Argentina de 1853, ni la aceptó, ni tampoco se consideró incorporado al resto del país .

Hubo varios intentos de invasión sobre la provincia rebelde, pero Urquiza mantuvo una política de seducción, intentando convencer a los porteños de negociar su incorporación. Pero los sucesivos gobiernos porteños se negaron por completo.

Tampoco resultó el intento de apoyar a un candidato a gobernador que estuviera dispuesto a negociar, porque el poderío político de los unitarios, sumado a su fuerza económica y a la violencia en las elecciones, aseguraron la victoria del más encarnizado de los unitarios: Valentín Alsina, que asumió el gobierno provincial en mayo de 1857.
Esta separación duró nueve años, durante los cuales se realizaron diversos intentos, armados.

La Batalla de Cepeda del 23 de octubre de 1859, ocurrió durante las guerras civiles argentinas y fue la segunda de las dos llevadas a cabo en la cañada del bonaerense arroyo Cepeda (afluente del Arroyo del Medio que divide las provincias de Buenos Aires y Santa Fe), a 45 km al suroeste de la ciudad de San Nicolás de los Arroyos (norte de la provincia de Buenos Aires).
Se enfrentaron fuerzas unitarias de la provincia de Buenos Aires, separada del resto del país, y las tropas de la Confederación Argentina, genéricamente identificada con el partido federal.

La otra batalla de Cepeda (del 1 de febrero de 1820) había iniciado la época de la disgregación argentina y de la preeminencia de los caudillos.


En octubre de 1858 al ser asesinado el gobernador sanjuanino Nazario Benavídez contrario al poder central, el Congreso de la Confederación dictó , el 1 de abril de 1859, una ley por la cual Urquiza debía reincorporar en forma pacífica la provincia disidente, pero si esto no era posible ordenaba emplear las armas a la brevedad.


El gobierno de Buenos Aires interpretó esta ley como una formal declaración de la guerra y en el mes de mayo, la Legislatura porteña dispuso repeler con sus tropas cualquiera agresión: el jefe del ejército porteño, coronel Bartolomé Mitre, recibió orden de invadir la provincia de Santa Fe, mientras los buques de guerra porteños bloqueaban el puerto de Paraná, la capital de la Confederación.


Ante la inminencia del conflicto, Estados Unidos, Inglaterra, Brasil y Paraguay trataron de interceder amistosamente. Pero ni Alsina ni Mitre aceptaban nada excepto la renuncia de Urquiza, o la guerra. El propio Urquiza, que desde 1852 había intentado negociar siempre, estaba ahora particularmente furioso por el asesinato de Benavídez y por la apología del crimen que habían cometido varios periódicos porteños.

A mediados de octubre, el general Tomás Guido, comandante de la escuadra nacional, ordenó a la misma forzar el paso de la isla Martín García. Tras un breve combate naval, la escuadra federal apareció frente a Buenos Aires; la guerra había comenzado.

 

Integrados los ejércitos el 22 de octubre de 1859, se apostaron el vencedor de Caseros, Urquiza con 14.000 hombres, de los cuales 10.000 de caballería y 3.000 de infantería; más artillado con 35 cañones y obuses, incluyendo además, fuertes divisiones de ranqueles de los caciques Cristo y Coliqueo, sobre el arroyo Pavón.


En sus filas figuraban los generales Juan Esteban Pedernera, Hilario Lagos, Juan Pablo López, Manuel Basavilbaso, Manuel Antonio Urdinarrain, y Miguel Galarza.

Mitre, jefe de las tropas de Buenos Aires, apostado  con poco menos al norte del arroyo del Medio, en la extensa cañada de Cepeda. reunía 9.000 hombres, de los cuales, 4.700 infantes y 4.000 jinetes, con 24 piezas de artillería. En sus filas formaban los generales Wenceslao Paunero, Venancio Flores ―al frente de una división cuyos oficiales eran uruguayos, y que se haría tristemente célebre en la siguiente década (véase Matanza de Cañada de Gómez y Matanza de Paysandú) y Manuel Hornos. Con ellos iban los coroneles Ignacio Rivas, Julio de Vedia, Benito Nazar, Emilio Conesa, Adolfo Alsina y Emilio Mitre.

Las fuerzas porteñas estaban muy disminuidas por el alto número de hombres que debían proteger la frontera de su provincia de las invasiones de los indios. De hecho, estos mismos indios, como Juan Calfucurá, eran aliados de Urquiza y sus incursiones formaban parte de la estrategia de éste.

Las fuerzas de Mitre se apoyaban en el puerto de San Nicolás de los Arroyos, y las de Urquiza en el de Rosario.


Y allí el día 23 se trabó la batalla; cuando avanzada la tarde el ejército de la Confederación atacó con ímpetu en bien ordenada formación, sólo ofreció resistencia el centro del ejército porteño o mitrista mandado por el Gral. Conesa que combatió hasta el anochecer, alejándose en retirada hasta San Nicolás buscando la fuga por el río.


El ejército confederado avanzó triunfalmente sobre Buenos Aires,  recibiendo en su paso la adhesión de todas las poblaciones rurales.


El gobernador Alsina y sus allegados, como el Gral. Mitre comprendieron que debían sacrificar sus principios a la ley y a la verdad de los hechos.

El 22 de octubre de 1859, las avanzadas de ambos ejércitos chocaron en la cañada del arroyo Cepeda (que desemboca en el Arroyo del Medio del lado bonaerense), a unos 5 km al este del actual pueblo de Mariano Benítez, y a 25 km al norte de la villa de Pergamino. No hubo resultados decisivos.

Al día siguiente, los ejércitos estaban frente a frente y Urquiza arengó a sus tropas: “He querido evitar la sangre y he procurado la paz. El gobierno de Buenos Aires se empeña en provocarnos con un ejército que no puede resistirnos. Pues bien, conquistemos por la acción de las armas una paz duradera.”

 

A media tarde iniciada la batalla. Mitre intentó decidirla por la infantería, colocando la caballería a la retaguardia. En los primeros momentos, los porteños lograron detener el avance de la infantería nacional, pero enseguida Urquiza desplegó su experimentada caballería en dos alas, rodeó la formación porteña y atacó a su caballería. Simultáneamente, parte de la infantería federal logró destruir tres batallones porteños, formados por tropas bisoñas.


En el momento en que se ponía el sol, Mitre intentó girar un cuarto de vuelta su formación, desorganizando toda la formación. Ambos generales sabían que la batalla estaba ganada para la Confederación; en cuanto los federales dejaron de disparar sus cañones, reinó de pronto el silencio.


 Mitre lo hizo tapar con el Himno nacional argentino y otras piezas de música, mientras pasaba revista a sus tropas en la oscuridad. No necesitó mucho para saber que le quedaban muy pocas municiones.

Del bando porteño mitrista, 100 hombres perdieron la vida, otros 90 heridos y 2000 prisioneros, entre los cuales 21 eran oficiales. Se perdieron también 20 cañones.
Entre los nacionales urquicistas se contaron 300 muertos (24 de ellos oficiales).

 

Mitre inició entonces la retirada en medio de la noche, sin detenerse para dar de comer ni de beber a sus hombres. Al centro ubicó a los heridos y los pocos jinetes que no se habían dispersado, y a los costados los infantes; del lado exterior estaban los que llevaban sus armas sanas y cargadas.

Los federales tirotearon a los porteños, pero los tiradores de Mitre contestaron el fuego y la marcha prosiguió. A la una y media de la tarde del 25, los 2.000 hombres que quedaban del ejército porteño entraban en San Nicolás.

 

Así, dos días después de la batalla, embarcados en los buques de su armada al mando de Antonio Susini, los porteños iniciaron la retirada hacia Buenos Aires; apenas salidos del puerto de San Nicolás fueron interceptados por la flota federal comandada por Luis Cabassa, pero tras un breve combate una oportuna tormenta los salvó.
Al llegar a la ciudad, Mitre anunció pomposamente que llegaba con sus “legiones intactas”, lo cual era sencillamente falso.

Urquiza, en cambio, avanzó rápidamente sobre la ciudad, lanzando proclamas pacifistas: Vengo a arrebatar el poder a un círculo que lo ejerce en su provecho para devolverlo al pueblo, que lo usará para su prosperidad.
Al fin de mi carrera política, mi única ambición es contemplar desde el hogar tranquilo, una y feliz, la República Argentina, que me cuesta largos años de crudas fatigas… Vengo a ofreceros una paz duradera bajo la bandera de nuestros mayores, bajo una ley común, protectora y hermosa.”

Hubiera podido entrar a Buenos Aires por la fuerza, pero acampó en las afueras, en el pueblo de San José de Flores.


El ejército porteño fue derrotado y tras varias negociaciones, se llegó a una transacción a través del Pacto de San José de Flores o de Unión Nacional., que reincorporaba la provincia de Buenos Aires a la República Argentina.

 

El medio negociado fue la revisión de la Constitución por una convención porteña. Redactadas hábilmente en tono moderado, fueron rápidamente aceptadas por la Convención Nacional.


Muchos observadores notaron que los porteños no cedían mucho, y pensaron que iban a buscar cualquier excusa para no reincorporarse a la República, a menos que se pudieran asegurar el control real sobre todo el país. No faltaban quienes estaban indignados con Urquiza, que, según Ricardo López Jordán, “había llegado a Buenos Aires como vencedor, y negociado como derrotado”.

 

Esto ocurrió: los porteños finalmente rechazaron su incorporación al resto del país con excusas. Eso llevaría a la batalla de Pavón (17 de septiembre de 1861).


En Pavón volvieron a enfrentarse Urquiza y Mitre; en cierto sentido, volvió a triunfar el ejército federal, entonces  aquél se retiró, dejándole la victoria y el control de todo el país a Mitre. Este impuso su dominación por medios violentos y se hizo elegir presidente en 1862.

 

Cepeda fue una gran victoria del partido federal, pero terminó siendo apenas un episodio más en el camino hacia la victoria definitiva del predominio porteño. Y los unitarios porteños reorganizarían el país, imponiendo un sistema político sólo legalmente federal y muy poco democrático, un sistema económico centrado en las exportaciones agropecuarias, y un sistema cultural de imitación de todo lo que fuera europeo.

 

 

Bibliografía:

Saldías,  Adolfo: "La guerra y la política constitucional." Biblos editorial, Buenos

s. As.

Bosch, Beatriz: Historia de Entre Ríos. Buenos Aires: Plus Ultra, 1991. Bosch, Beatriz: Urquiza y su tiempo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1984.

Sáenz Quesada, María: “La República dividida” en ” Memorial de la Patria (tomo X). Buenos Aires: La Bastilla, 1984.

 

Cepeda. Calle. Topografía:

Corre de N. a S. en dos sectores, el primero desde la calle Spiro a la prolongación de la calle Centeno y el segundo desde la calle Lamadrid hasta la Av. Nuestra Señora del Rosario.

Carece de designación oficial.

Recuerda a la Segunda batalla de Cepeda que tuvo lugar en 1859, en la zona del antiguo departamento Rosario.