CABALLITO CRIOLLO

Cuando los hispánicos arribaron a América se sorprendieron al no hallar los animales domésticos que existían en Europa, salvo el perro. Por eso se alegraron de haberlos traído.
Como sería la importancia que le darían al hecho, que los Reyes Católicos se interesaron para que Colón los embarcase en el segundo viaje, cuidando de que viniesen padrillos y yeguas.
Según el investigador Guillermo Terrera: “Los primeros caballos y yeguas que llegaron al Río de la Plata fueron 76, traídos por el conquistador don Pedro de Mendoza en 1535”. (Dato suministrado por Uldrico Schmidel).

El Inca Garcilaso escribió: “Las  razas  de caballos  de todos los reinos y provincias de las Indias descubiertas por los españoles después de 1492 hasta el presente (escrito a fines del siglo XVI ) son de las razas  de yeguas y caballos de España, particularmente de Andalucía.”

Por entonces los españoles hallaron en el caballo, un arma de guerra, un medio de transporte, un instrumento de trabajo, mercancía y alimento y   como  último recurso sirvió para saciar la hipofagia que los había  acuciado  al ser sitiados -durante la destrucción de Buenos Aires por los indómitos querandíes -  cuando ya no les hubo quedado ni galletas secas ni pescado salado.

Así  que fue el caballo el que salvó la hambruna de los vecinos de Santa María del Buen Aire allá por 1536.


 Don Juan de Garay como otros tantos conquistadores, montado en su rocinante cubría largar distancias, “abriendo puertas a la tierra” y arremetiendo contra los indios nómades.


El fundador de Santa Fe, prometió la libre disposición de este ganado por el vecindario, pero el Adelantado  Torres de Vera y Aragón al asumir el gobierno de estas regiones, revocó tal concesión, declarando al caballo propiedad de la Corona, hasta que la Real Audiencia de Charcas, confirmó la merced de Garay el 17 de agosto de 1587. (Puede verse la copia de estos documentos en “Garay Fundador” en su apéndice, de la Edición Municipal, Buenos  Aires, 1915.)


La presencia del caballo unido al jinete representaba para los aborígenes una cosa monstruosa e  infernal llegando hasta creer  que eran seres sobrenaturales.


En realidad sería demoledor el poder del español montado a caballo sobre los naturales que eran gente de a pie.


Pero los indios, si bien le temieron, rápidos tanto de movimientos como de espíritu aventurero carente de miedos, lo amansaron  y después lo adoptaron, sin antes descubrir enseguida que los equinos como los invasores eran vulnerables a las heridas  y procuraron ejecutar primero a los animales a flechazos o con sutil ingenio cavando pozos que cubrían  disimuladamente para que cayeran lesionados o quebrados.


Y, sin mediar mucho tiempo, se arriesgaron a montar sin estribos los chúcaros (como llamaban a los potros.)


El Gobernador Diego Marín Negron, a  fines del siglo XVI informaba al rey de España: “Hay grandísimas multitudes de yeguas y caballos silvestres con que han dado ocasión a los indios sobreponerse a nosotros y están tan diestros que no les da cuidado montarlos sin sillas ni aparejo.”


El profesor Angel Cabrera en su libro Caballos de América, en la página 327, después de referirse a la importancia de la llegada de las tribus araucanas  a nuestras pampas (siglo XVII)  dice: “Este hecho fue de gran trascendencia para la historia de nuestro equino criollo, porque en la vida de aquellos indios habían llegado a ser, los caballos, un elemento indispensable llegando hasta las inmediaciones del propio Buenos Aires para procurárselos en la mayor cantidad posible, ya robándoselos a los españoles en sus malones, o  ya capturando yeguas en las famosas bagualadas.”


Promediando el siglo XVIII, los enemigos mortales de los caballos salvajes eran los indígenas  y los grandes carniceros como el puma y el yaguareté, porque los cristianos sólo enlazaban alguno para domarlo, o matarlo en caso extremo cuando se acercaban  a alborotar el ganado manso.


Sin embargo, los indios solos se bastaban para hacer desaparecer las grandes bagualas, ya que las comerciaban en el país o en Chile, obteniendo por trueque, muchas de las cosas que necesitaban.


En 1847, W. Mac Cann describió en “Viaje a caballo”, durante una estadía en una estancia de Quilmes: (...) Me hallaba en esa tarea  cuando fui sorprendido por un ruido sordo, acompañado de una trepidación: La tierra parecía temblar bajo nuestros pies. A poco pude advertir que se trataba de una inmensa tropa de baguales que, para mis ojos inacostumbrados a ese espectáculo, no bajaban de mil y se acercaban galopando por la llanura.”


Coincidentemente por esos mismos años, Ricardo Newton comenzó a difundir el alambrado, lo que aceleraría la desaparición de los cimarrones de la región pampeana algunas décadas después. Al respecto basta decir que en 1880 se calcula que hallaban construidos 52.000 kilómetros de alambrado de cinco hilos.


Así como existió el caballo del indio, aquel cimarrón después convertido en  caballito criollo, el que en su lucha con la naturaleza  luchaba  vigoroso con  sus crines al viento, contemporáneamente desarrolló su triste existencia el caballo patrio, que era el que montaron los soldados y que no supo de malos tratos y sufrimientos.


Ambos, aunque tenían el mismo origen, sus vidas y destinos fueron  muy diferentes.


Quizás, para consuelo de aquellos “patrios” que jalonaron  con  su marcha los caminos de la Patria, formando parte de  la formación de las milicias, del nacimiento de los símbolos, de las campañas expedicionarias, y de  la búsqueda de la libertad y la igualdad para sus pueblos, es que Belisario Roldán escribió aquello de:

Caballito criollo, del galope corto, del aliento largo, del instinto fiel.
Caballito criollo, que fue como un asta, para la bandera que anduvo en él.

 

Bibliografía:

Se encuentra enunciada en el texto.

 

Caballito Criollo. Camino. Topografía:

Vía pública que corre de N. a S. Frente a la estación El Gaucho del Ferrocarril Gral. Belgrano.

Se le impuso este nombre por O. 2099, sancionada el 27 de noviembre de 1974.

Recuerda a los primeros caballos traídos por los conquistadores de América y  al clamor , el olor, la sangre y el esfuerzo del caballito criollo.