BRASILIA

El 21 de abril de 1960 fue un día singular para Brasil porque ese día se instalaron en Brasilia, los tres poderes de la República, dando origen a la nueva capital.
La idea de estrablecerla en la meseta central del país no era nueva, sino que se remontaba a la época de la colonia.
Desde 1789, fecha de la primera conspiración para liberar a Brasil del dominio portugués, se previó la necesidad de instalar el futuro gobierno en algún punto interior del territorio.
Después de la proclamación de la independencia, en 1822, uno de sus héroes, José Bonifacio de Andrada e Silva fue uno de los partidarios más fervoroso del traslado de la capital.
En 1823, en la Asamblea Constituyente, abogada porque se levantara en el interior una ciudad para sede de la Corte, de la Asamblea y de los Tribunales Superiores. José Bonifacio propuso el traslado a Goiás y sugirió el nombre de Brasilia.
Luego de varios proyecto fue en 1953, bajo la presidencia de Juscelino Kubistcheck, cuando confió la construcción de la nueva capital lejos de las payas de Río de Janeiro a los arquitectos Lucio Costa y Oscar Niemeyer.
Costa pintó una cruz en un papel y así nació una capital donde reina el misticismo más absoluto. Un misticismo que choca contra la miseria de la realidad.
La impecable Brasilia conoce el asedio social de la miseria. Alrededor de la capital federal nació un auténtico cordón de pueblos, unos menos miserables que otros, pero siempre pobres, donde se van apiñando aquellos nordestinos a los que el desempleo apartó del centro.
Existen lujos mansiones que se asoman al lago Paranoá, una reserva de agua construida para dar un poco de humedad a una ciudad d que pese a estas situada a 1200 metros de altura registra temperaturas difíciles de soportar. Y entre sus dos millones de habitantes, cuando sus idealistas constructores calcularon quinientos mil, el desempleo engendra violencia, a veces muy espantosa.
Con todo muchos brasileños repiten hasta la saciedad que no hay otro lugar del mundo para vivir mejor que aquí.
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